Revista muy interesante
Estas fueron las explicaciones a la Peste Negra que dieron los médicos y filósofos medievales: de la voluntad divina a la conjunción planetaria
Estas eran las condiciones insalubres de la Europa del siglo XIV que contribuyeron a propagar la peste bubónica
Así asoló la peste negra los reinos de la Península Ibérica en 1348: muerte, caos económico y un nuevo orden social
La epidemia que no entendía de clases: estas fueron algunas de las célebres víctimas de sangre real de la peste negra
Supersticiones, amuletos, santos y brujas: así se emplearon la magia y la religión para combatir la peste negra
Un hallazgo histórico: la Peste Negra comenzó un siglo antes de lo que se creía
La peste, la gran epidemia que ha acompañado a la humanidad
Los secretos y falsos mitos de la Peste Negra
¿Sabías que las famosas máscaras picudas de la peste no existían en la Edad Media ni durante la peste negra?
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Estas fueron las explicaciones a la Peste Negra que dieron los médicos y filósofos medievales: de la voluntad divina a la conjunción planetaria
La Peste Negra de 1348 desató una búsqueda de explicaciones que combinaba ciencia, creencias y prejuicios. Médicos y filósofos intentaron comprender sus causas dentro de los paradigmas de la época Sigue leyendo

Expertos de todo el mundo se afanan por dar respuesta al origen de la primera pandemia del siglo XXI, del mismo modo que los médicos y filósofos de la universidad europea del siglo XIV buscaban, bajo otros paradigmas de conocimiento y sobre la base del arte de la ciencia del momento, razones de cadenas causales para dar explicación a la Peste Negra de 1348.
La incertidumbre es un factor perturbador que asola la razón, entonces y ahora, más en un tiempo como la Baja Edad Media en Europa en el que, con carácter indubitado, Dios era la causa originaria, por mucho que después existieran leyes naturales accesibles a la razón humana que concurrían en la explicación del desastre. En definitiva, había dos órdenes de razones que operaban a dos niveles diferentes: el de las causas superiores y universales, donde siempre estaba Dios, y el de las causas terrestres y particulares.
Entre los que situaban directamente “la pestilencia” bajo la orden inmediata de la voluntad divina se hallan los escritos de los maestros de París y de Jacme d’Agramont, quien no albergaba duda sobre el hecho de que la mano de Dios estaba detrás de algunas pestilencias generales, aunque lo anudaba a “méritos nuestros”, es decir, a “nuestros pecados”, alineándose así con lugares comunes tomados del Antiguo Testamento (Libro de los Reyes y Pentateuco).

En los escritos de los maestros de París, consideraban que como remedio último estaba siempre “rezarle (a Dios) humildemente, aunque ni siquiera en este caso debe desestimarse del todo el consejo del médico”.
Lo divino y lo humano
No obstante, muchos médicos de la época estaban influenciados por la teoría sobre la causalidad natural de Avicena formulada tres siglos antes. A propósito de las “fiebres pestilenciales”, diferenció dos categorías de causas: la “causa remota y primera”, consistente en las “formas celestes”, y las “causas próximas”, que representaban las “disposiciones terrestres”.

En el pensamiento y en el canon del médico árabe, era la sinergia entre ambos grupos de causas la que desencadenaba una “humectación vehemente del aire”: “se elevan y se difunden por él vapores y humos, que mediante una débil calidez provocan su putrefacción. Cuando el aire sufre esta putrefacción, al llegar al corazón corrompe la complexión del espíritu que radica en él y tras rodearlo lo pudre. Una calidez preternatural se extiende entonces por todo el cuerpo, como resultado de la cual aparecerá una fiebre pestilencial, que se transmite a cualquier humano predispuesto a ellas”.
Si se toma el análisis de otras fuentes procedentes de otras zonas europeas, las “causas celestes” tuvieron un papel relevante en la génesis de la “pestilencia”, asimilando la mayoría de ellos la peste a conjunciones planetarias maléficas.
Para los maestros médicos de la Universidad de París, fue la conjunción de tres planetas mayores (Saturno, Júpiter y Marte) en el signo de Acuario, el día 20 de marzo de 1345 a la una del mediodía, junto a otras conjunciones y eclipses, lo que concitó “una corrupción mortífera del aire circundante” que trajo “mortalidad y hambre”.
Por su parte, Alfonso de Córdoba imputó la pandemia a una indeterminada “constelación de planetas infortunados” con el precedente de un eclipse lunar que, según él, había tenido lugar en el signo de Leo poco antes del supuesto inicio de la “pestilencia”.
Entre la ciencia y los prejuicios
A diferencia de los maestros de París, Gentile da Foligno, y siempre a partir de la fuente original que enraizaba la peste a la divinidad, tuvo el acierto de inventariar las posibles causas terrestres de “la pestilencia” del modo siguiente: “Las causas particulares y manifiestas son las corrupciones sensibles presentes en un determinado lugar o transportadas desde lugares lejanos por vientos (sobre todo los australes), tal como ocurre por la apertura de pozos y cavernas cerrados durante largo tiempo; por la falta de ventilación y la constricción del aire entre paredes o techos; por las lagunas y los estanques (como ya señaló Galeno); o por el estiércol de los animales, los cadáveres y otras putrefacciones malolientes”.

Agramont llegó a afirmar que la “tramontana” y el “migjorn” eran vientos que, en función de la intensidad con que soplaran, alteran las cualidades del aire hasta el punto de desembocar en una “pestilencia”. Fue el médico catalán también quien hizo notar que otra causa podía ser el hecho de que en una batalla o en un asedio continuado se dejarán sin inhumar los cadáveres humanos y los caballos, “porque a la putrefacción de las cosas muertas sigue una gran infección y la corrupción del aire” además de concentrar “moscas y tábanos muy peligrosos”.
No faltaron tampoco las acusaciones a algunas minorías, especialmente a judíos y leprosos, de ser los causantes de la calamidad. Esta tesis se extendió singularmente por Languedoc, Provenza y Cataluña, y Alfonso de Córdoba y Agramont se hicieron eco rápidamente de ella.
Alfonso de Córdoba relacionó la peste con un origen artificial que calificaba “de maldad profunda, descubierto mediante un arte muy sutil y de gran crueldad”, que llegó a describir con precisión: “El aire puede infectarse mediante artificio, como cuando se prepara una confección en una ánfora de vidrio. Cuando esta confección está bien fermentada, cualquiera que desee producir este mal, espere que haya un viento fuerte y variable proveniente de alguna región del mundo.
Camine entonces contra ese viento y ponga su ánfora cerca de un lugar pedregoso opuesto a la ciudad o villa que quiera infectar. Retrocediendo contra el viento para evitar ser infectado por el vapor, con el cuello del ánfora cubierto, arroje el ánfora con fuerza sobre las piedras. Una vez rota el ánfora, el vapor se difundirá y se dispersará por el aire. A quien quiera que el vapor toque, morirá tan pronto como sea alcanzado por el aire pestilencial”.

Por su parte, el anónimo práctico de Montpellier, en la línea de Agramont, consideraba también la mirada como un modo de transmisión interpersonal extremadamente peligroso: “El momento de mayor virulencia de esta epidemia, que acarrea la muerte casi instantánea, es cuando el espíritu aéreo que sale de los ojos del enfermo golpea el ojo del hombre sano que le mira de cerca, sobre todo cuando aquel se encuentra agonizando; entonces la naturaleza venenosa de ese miembro pasa de uno a otro y mata al individuo sano”.
Basta analizar todas estas tesis para concluir que la construcción intelectual de los médicos y prácticos universitarios del Mediterráneo latino convierten la Peste de 1348 en una calamidad social de origen esencialmente divino.
Casi siete siglos después, el coronavirus ha devastado una gran parte de Europa, haciéndose especialmente virulento en Italia y España. Hoy también se analizan causas y efectos, a pesar de que las circunstancias son muy diferentes. Y también se invoca a Dios, aunque por diferentes razones. Pero eso no es historia. O sí.

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La sociedad estamental de la Edad Media se mantenía gracias a la acción de todos, cada uno en su lugar haciendo el trabajo para el que habían sido concebidos; la sangre era el marchamo de cada familia, la marca imborrable de su destino. El teólogo Rodrigo de Santaella, en su Vocabularium (1499), definió plebe o vulgus como muchedumbre, “porque son más los plebeyos que los nobles y significa la comunidad de los comunes”, y egregius como noble y principal, “el que escede en algo a la comunidad”.
El juego de estamentos estaba claro y se había ido despojando de la red estatal romana tras la caída de las estructuras legales y sociales del Imperio. Para Alfonso X el Sabio –así lo refleja en sus Partidas–, el matrimonio y la familia eran las claves fundamentales de la estructura social y en ellas se basaba también la visión piramidal y estamental de la época. Así se excusaba el poder en el valor de la transmisión sanguínea para justificar la perennidad de las familias dirigentes.
El 80% de los nacidos no llegaban al año y el número de partos solía ser uno cada dieciocho meses en las mujeres fértiles (muchas morían por complicaciones derivadas y por la mala praxis de matronas y médicos). Aun así, la población española no llegaba a los cinco millones de personas en 1550.
Los tres estamentos funcionaban como la estructura familiar: el noble (padre) protegía a sus súbditos, era dueño de la tierra y juez ante los conflictos; el clero (madre) aceptaba las donaciones y trabajos a cambio de orientación moral, comprensión y educación social; el vulgo (hijos) aprendía a ser acatador y futuro mantenedor de la estructura.

La ropa era un símbolo claro de la distinción, un uniforme social. A partir del siglo XIII, la moda va diferenciando los sexos, que antes se ocultaban en las túnicas hasta debajo de la rodilla. La indumentaria de los árabes, con sus bordados lujosos y sedas, pronto fue copiada por la ‘gente bien’ de la cristiandad. El vestido o traje de un solo color –rojo bermellón, verde esmeralda, azul intenso, dorado– era de nobles; los pardos y neutros, las rayas, los policromados y la trapería eran cosa de pobres, que no tenían para costearse una tela teñida de calidad. Al fin y al cabo, el vulgus vestía por necesidad y debía adaptar la ropa a su labor. Por supuesto, el pelo de la mujer debía siempre estar recogido, pues lo otro era propio de libertinas (o para el disfrute familiar).
Como curiosidad histórica, los botones empiezan a sustituir a las cintas y borlas en el vestir cotidiano a partir de la primera mitad del siglo XIV. En ese siglo, la moda impone la jaqueta, corta, ajustada al torso y entallada en la cintura. El escritor y franciscano Francesc Eiximenis no veía bien ese vestir moderno: “Descubrían nalgas y vergüenzas que los mozos, sirviendo a la mesa, por fuerza habían de mostrar cosas que repugnan al decoro”.

Las mujeres nobles se iban adaptando a la moda de la época, rediseñando las faldas, cada vez más anchas para disimular los embarazos, y los vestidos se heredaban como una joya o una obra de arte. El humanista y médico Jerónimo Münzer, de viaje por el Mediterráneo, comenta en el siglo XV que las valencianas van un poco descocadas en el vestir, que se pueden adivinar sus pechos y pezones y se dan “afeites en la cara”, y se asombra de que caminen por las calles personas de ambos sexos bien entrada la noche. Parece que la costumbre de la nocturnidad nos viene de largo.
Creencias, usos y costumbres
En el arte románico es difícil encontrar gente feliz: el sufrimiento estaba de moda. Los judíos y los musulmanes eran representados como gente fea, y la fealdad y la deformidad eran una condena por pecados anteriores. Muchos judíos eran médicos que entablillaban y sabían de ungüentos, pero también se les acusaba de crear epidemias (quizá para no pagar las deudas contraídas con sus compañeros de religión, los prestamistas). Se prohibieron las operaciones con escalpelo, menos en Italia, y las enfermedades de nacimiento, castigo del Señor, ni se curaban ni se trataban.
La erisipela atacaba cada poco por el consumo de pan de centeno en mal estado, en el que crecía el cornezuelo (un hongo parasitario), y dejaba una cohorte de tullidos que eran atendidos por los monjes de san Antonio el Ermitaño (la Orden Hospitalaria de los Antonianos), que se bordaban una T azul en la túnica que simbolizaba unas muletas. Los hijos gemelos recaían sobre el honor de la mujer: se creía que eran hijos de dos padres o que uno de ellos era un acompañante que había dispuesto el maligno.

Hay teorías sobre el baño medieval para todos los gustos. El caso es que la peste trajo nuevas costumbres, y nuevos miedos, y el baño con agua también fue vapuleado por las nuevas teorías. Así, se crea el aseo en seco, es decir, sin agua, para no desequilibrar los humores corporales: se creía que la piel era permeable y absorbente y que el agua abría los poros dejando entrar las epidemias. El símbolo social de aseo y moralidad era el uso de ropa interior blanca, que sustituía al agua, y todos quedaban tranquilos cuando veían albos calzones.
Se cuenta que Alfonso VI de León (1040-1109) ordenó destruir todos los baños musulmanes tras varias batallas perdidas, creyendo que su uso había debilitado a la soldadesca. Alfonso X, en cambio, pensaba que los baños eran medicinales, al igual que Carlomagno, que se instaló en Aquisgrán para disfrutar de las aguas termales; o Juan I de Inglaterra, que viajaba con una bañera para sus usos nocturnos.

Aquí topamos de nuevo con la Iglesia y el sufrimiento, el martirio y la negación de los placeres como camino a la santidad. El placer del baño era pecaminoso, y por eso santa Margarita de Hungría dejó que los piojos le comiesen el cuero cabelludo para sufrir castigo físico y poder sublimar su sufrimiento. Aunque parece que en esto hay algo de mito moderno, ya que la ropa de trabajo de los pobres era frecuentemente lavada, como muestran las historias altomedievales de bruxas lavanderas del bosque en Galicia y Asturias. Limpiarse los dientes con hierbas, como la menta, también se estilaba.
La discusión no está cerrada: si Trota de Salerno, una galena del siglo XI, aconseja cocer los paños en agua con vino, arándanos y moras para evitar el olor a sudor en las féminas, el mismísimo Erasmo de Rotterdam, en De civilitate morum puerilium (1530), vuelve a defender que el agua se use solo para manos y rostro y que las personas sanas y robustas queden exentas del baño.

El problema era más de acceso al agua, que debía ser sustituida a menudo por afeites, pomadas y ungüentos. La fabricación de jabones y mejunjes para cuerpo y ropa, quimeras contra la calvicie o tintes de pelo es habitual en toda la Edad Media.
La inmundicia de las ciudades
Quizá haya que fijarse más en la ciudad como foco de desechos callejeros e inmundicia. El “agua va” era común en sus estrechas calles, y por eso era aconsejable el uso de sombreros cada vez más anchos según las ciudades crecían en habitantes. Las costumbres de limpieza musulmanas fueron desechadas por la incultura y falta de desarrollo técnico de muchos de los invasores y repobladores cristianos, que preferían la costumbre de sus pozos negros al complicado alcantarillado.
Así, podemos imaginar la vía pública cargada de basuras, aguas residuales provocadas por los artesanos en sus manufacturas y residuos orgánicos tanto humanos como animales. Los cerdos vagaban solos y mordían a los niños por las calles (se les obligó a llevar bozal) y las gallinas mesoneras compartían viandas con los clientes.

Surgen los muladares, cercanos a la muralla exterior, como lugares donde echar los desperdicios de la ciudad. A partir del siglo XIV vamos encontrando ordenanzas municipales (Londres, 1372; Poitiers, 1479; Guadalajara, 1500) que obligan a los vecinos a mantener limpia la zona exterior de sus casas quitando el estiércol, los escombros y la basura, so pena de multa. En Córdoba se nombra a los mayordomos municipales encargados de vigilar la higiene a partir del siglo XIV, y nacen los primeros servicios de recogida semanal de basura en carro. Por fin, a partir del siglo XV, se empieza a multar con 12 maravedíes a “quien echare hezes o ceruada en la calle u otro lixo”.
El historiador británico Michael Postan afirma que las ciudades medievales eran “islas no feudales en un mar feudal”. La ciudad se va convirtiendo en el eje económico que centraliza la manufactura de todo lo que llega del campo. Brujas, Florencia, Venecia, Génova, París o Barcelona son las grandes urbes de la época. A partir del siglo IX proliferan asimismo las pequeñas villas con ferias y mercados regularizados por los señores feudales, que están a medio camino entre la ciudad y el campo: son las villas-mercado.
Después de la peste, se relanza la acuñación de moneda y el trueque va dejando paso a una economía estatal, incluso para el arrendamiento anual de las tierras, que ya no se paga en materia prima. Hay ferias y mercados de rentas, de tierras, de productos, incluso de crédito.
El sexo y la mujer
El sexo y los placeres son competencia de la Iglesia. Sin procreación, el coito es pecaminoso, y el buen cristiano debe controlar sus impulsos. Pero si no puede, mejor que sea con una prostituta (se prefiere que desahogue sus deseos sexuales con ellas que con su mujer, para no convertirla en pecadora). Hay burdeles para la clase baja, que son nido de rufianes y reyertas nocturnas, y se crea un sistema de alcahuetería que provee a abades y nobles de mujeres, la mayoría de ellas incultas, necesitadas o engañadas.

La mujer es una propiedad, relegada a las labores del hogar; las mujeres pobres, además, trabajan en el campo o en el oficio del marido. Si ya el vulgus masculino tenía pocos derechos, la mujer del pobre era lo más bajo en el escalafón y podía sufrir palizas, violaciones o repudios por parte de su marido o su padre. El adulterio estaba castigado con la muerte para la mujer y con 300 sueldos de multa o azotes para el hombre, por haber atentado contra la propiedad de otro hombre.
En una violación, la palabra de la mujer debía ser refrendada por varias vecinas en juicio, y muchas veces, sobre todo en los territorios fronterizos, se solucionaba con la boda entre violador y violada. La viuda no tenía derechos sobre los hijos si volvía a casarse y una mujer no podía apelar a la justicia directamente. Y el amor cortés trajo un cuidado de la mujer noble como objeto delicado de belleza, lo que la anulaba como sujeto pensante y autónomo.
Las cosas del condumio
Conservar los alimentos es un problema constante, de ahí que las especias sean casi más importantes que la comida, unas veces por su efecto preservador y otras por su efecto ocultador de malos sabores. De lo que se come en la Alta Edad Media sabemos poco, salvo lo que comentan algunos tratados o las recetas de san Isidoro en el siglo VII. Los plebeyos comen gachas, migas, pan no refinado y pulte de harina de mijo o escaña con legumbres y verduras de temporada, aderezado a veces con cerdo, conejo o gallina. El pan blanco es ‘pan de rey’.
Los nobles comen carnes de todo tipo –son dueños de la caza–, volatería y sopas elaboradas. El caldo de gallina es alimento de pobres y se usa para curar enfermedades. Se come poco pescado, pues la piratería hace cada vez más difícil la pesca y las poblaciones se alejan de la costa huyendo de los ataques. El pescado tiene aún peor conservación que la carne, así que se recurre a la técnica de la salazón.
A partir del siglo X, la miel se va sustituyendo por el cultivo de caña de azúcar. El azúcar era la base de muchos medicamentos cuyas recetas venían en De Materia Medica, de Dioscórides (siglo I), libro de cabecera de los farmacéuticos medievales. Los jarabes curaban todo tipo de dolencias, desde los riñones hasta la vejiga. De ahí que muchos dulces fueran considerados curativos.
Poco a poco, algunas costumbres árabes sustituyen a las germánicas: vino en lugar de hidromiel, aceite en lugar de manteca, o la inclusión de verduras y cereales en la dieta. La fruta la desaconsejaron los médicos en la época de la peste y no recuperó su buena fama hasta siglos después. El galeno Arnau de Vilanova (siglo XIII) creía que el estómago no podía asimilar varias frutas consumidas juntas y que las moras provocaban epidemias. Y se contaban mitos sobre gente que nunca enfermó por no comer fruta. Sin embargo, en Castilla otros defendían sus virtudes para curar las fiebres. Y como el envenenamiento estaba a la orden del día, se comían rábanos, limones o nueces como antídoto.

En las especias y los aditamentos también había ‘clases’: el pobre usaba lo que tenía a mano (hinojo, tomillo, laurel, perejil, albahaca, ajo, cebolla...) y el rico lo que traía de Oriente a un alto costo (en el siglo XII, medio kilo de nuez moscada costaba lo mismo que tres ovejas o un buey).
Las sopas se comían con cuchara y lo sólido con los dedos, y en las casas pudientes regía un estricto código sobre el uso de los tres dedos reglamentarios, así como sobre el lavado de manos y su secado con pañuelos perfumados, si era posible.
Predicad, pero sin dar ejemplo
Los ayunos a los que obligaba la Iglesia eran obviados por muchos monjes, principalmente por la jerarquía eclesial, que inventaba triquiñuelas como decidir que los capones no eran carne (s. VIII) o discutir si eran carne el mero y el rodaballo. Mientras, los pobres diseñaban platos como los potajes y guisos de pescado y verdura para esas épocas de abstinencia obligada. En general, la Iglesia comía noblemente y no predicaba con el ejemplo. Por cierto: el famoso “derecho de pernada” no era más que el pago al abad o señor de una pierna trasera del cerdo en la matanza.
La peste negra del siglo XIV trajo cambios profundos a la sociedad medieval, tanto en cuanto a la higiene y la alimentación como en lo tocante a las estructuras sociales y las creencias.
Creado: 20.06.2025 | 12:30 Actualizado: 20.06.2025 | 12:30
Así asoló la peste negra los reinos de la Península Ibérica en 1348: muerte, caos económico y un nuevo orden social
Ese año pasó a la historia como el de la propagación por Europa de la peste negra, una enfermedad terrible y desconocida que en pocos años sembró la muerte y la destrucción por todo el continente. A la península ibérica le afectó de manera desigual. Algunas regiones perdieron hasta el 70% de su población; en otras, las condiciones climáticas atenuaron los estragos de la muerte negra Sigue leyendo

La peste negra llegó a la península ibérica, según diversas fuentes, en la primera mitad del año 1348. La región oriental de los Pirineos, las zonas costeras del Levante y el estrecho de Gibraltar fueron las principales puertas de entrada de una epidemia que golpeaba ya con dureza todas las regiones del Mediterráneo, especialmente Italia, el sur de Francia y la Corona de Aragón.
Lo que vas a descubrir en este artículo
Diferentes estudios de mortalidad han radiografiado el terrible azote de la muerte negra en los reinos peninsulares. Se calcula que Castilla y León perdieron alrededor del 20% de su población, que un 35% de los habitantes de Aragón perecieron (con especial incidencia en Cataluña) y que Navarra sufrió los mayores estragos, con un 50% de la población arrasada por la pandemia.

La peste negra (1348-1350) inaugura un nuevo tiempo en la historia europea. Como si de un azote bíblico se tratase, la terrible y misteriosa enfermedad atacó a todos los Estados, arrasó sin piedad regiones enteras y acabó con la tercera parte de la población europea.
Pronto las crónicas de la época ponen nombre a la fatalidad que les rodea, al invisible zarpazo de la muerte contra el que no parece existir remedio alguno. “Esta fue la primera et grande pestilencia que es llamada mortandad grande”, cuenta la crónica del rey de Castilla, Alfonso XI. Y aunque hubo en los años posteriores secuelas o ramalazos de esta pestilencia (1362-1364; 1373-1374; 1383), ninguno de ellos alcanzó el terrorífico efecto de la peste de 1348.

Un cambio radical
La epidemia tuvo un efecto decisivo en la estructura social y económica de las regiones y explica en parte la crisis bajomedieval. Muchos campos y aldeas quedaron despoblados, las zonas de cultivo yermas, y descendió de manera dramática la mano de obra tanto en zonas rurales como urbanas. Las repercusiones económicas cambiaron radicalmente las estructuras agrícolas y ganaderas, las redes comerciales y los circuitos artesanales. Por ejemplo, el comercio catalán, uno de los más desarrollados, colapsó a finales del siglo XIV.
La epidemia, sin embargo, no afectó de la misma manera a todos los territorios peninsulares. Golpeó con más dureza las zonas costeras y su efecto fue menor en Castilla y el norte. Y, como suele ocurrir, algunos también sacaron partido de la mayor de las desgracias: aquellos que consiguieron amasar fortunas acumulando variadas herencias a consecuencia de la alta mortalidad o los comerciantes que supieron aprovechar la coyuntura. La peste negra contribuyó así a ensanchar la brecha entre ricos y pobres.
La Iglesia, que consideraba la epidemia como “una manifestación de la ira de Dios por los pecados del hombre”, empujó a la sociedad a una profunda renovación moral. El miedo a la muerte propició un clima apocalíptico donde se abrieron paso todo tipo de exaltaciones violentas, desde la histeria colectiva y el sentido morboso de la vida al antisemitismo o el ejemplo de los flagelantes, bandas de cientos o miles de personas que recorrían caminos y ciudades invocando la clemencia divina y flagelándose en acto de arrepentimiento y humildad.

La muerte, tan presente en la vida cotidiana, se convirtió en tema central del arte y la literatura. La danza de la muerte o danza macabra es el motivo artístico por excelencia donde confluyen esqueletos, cuerpos llagados o cadáveres en diferentes fases de descomposición.
Aragón
Los primeros territorios afectados por la peste negra en la península ibérica fueron Mallorca y Aragón. El mismo mes de febrero de 1348, el lugarteniente de Mallorca da la voz de alarma con esta instrucción: “Si en vuestro puerto o mar llegara nave, leño o cualquier otro barco que venga de las partes de Génova, Pisa, Romania, Provenza, Sicilia, Cerdeña o de cualquier otra parte de Levante, no dejéis bajar a tierra alguno de los dichos barcos, hasta que [...] sea reconocido si en aquellos barcos hubiese alguna persona enferma”.

A Cataluña, perteneciente a la Corona de Aragón, la epidemia llegó en los primeros meses de 1348. En mayo ya causaba los primeros estragos, especialmente en la ciudad de Barcelona. Ese mes, un barco procedente de Génova arribó a la ciudad para descargar sus mercancías. Gran parte de su tripulación yacía enferma en las bodegas: venía con ellos la muerte negra. Primero fueron infectados los estibadores del puerto, pero en poco tiempo la peste campaba a sus anchas por la ciudad. No hay recuentos fiables, pero algunas fuentes hablan de que pudo llevar a la tumba al 60% de los barceloneses.
El Cronicón gerundense cuantifica en dos tercios de la población los muertos en Gerona y en la provincia de Tarragona. En el mismo mes de mayo, Valencia era también duramente golpeada. Según algunas crónicas, como la de Pedro IV el Ceremonioso, a mediados de junio morían diariamente unas trescientas personas. El primer y mortífero embate de la enfermedad duró tres meses y provocó un acusado descenso demográfico, alarmantes subidas de precios y el abandono de tierras de cultivo, cuyas consecuencias se arrastrarían durante lustros.

En junio la epidemia se ha extendido ya a Teruel, en septiembre llega a Huesca, y a Zaragoza durante el mes de octubre. El rey aragonés Pedro IV se ve obligado a huir hacia Teruel “con la reina, nuestra esposa, que estaba enferma”. El 30 de octubre, camino de Jérica, en continua huida, Leonor de Portugal se suma a la larga lista de víctimas de la cruel epidemia con tan solo veinte años.
Navarra
Desde Aragón, la epidemia ataca con crudeza a Navarra. En este reino la peste negra se propagó sin control en los últimos meses del fatídico año 1348, y no se libraría de ella en años posteriores, pues los zarpazos de la muerte negra se dejaron sentir en 1362, 1381, 1383, 1384, 1386 y 1411 causando una importante caída demográfica. En comarcas como la merindad de Estella, llegó a alcanzar índices del 70%. El gobernador del reino lamentaba la disminución de los tributos “por causa de la gran mortandad que sobrevino por todo el mundo... El pueblo es muy estreyto y poquecido”.

Los campesinos se desplazaban a diario de un lado a otro, lo que permitió a la bacteria propagarse con rapidez y llegar a todos los rincones del reino. En algunos valles, como el de Anue, desaparecieron ocho de cada diez familias; en otros, como Olaibar, Ultzama o Ezcabarte, seis de cada diez. Afortunadamente, la epidemia se fue debilitando a lo largo de aquel fatídico 1348 hasta casi desaparecer con los rigores del frío.
Castilla
De nuevo, la escasez de fuentes hace difícil rastrear el itinerario de la epidemia en Castilla. A través de testimonios indirectos, como las vacantes en cargos eclesiásticos o la multiplicación de testamentos, se arrojan pistas sobre la extensión de la peste en territorio castellano. Según algunas hipótesis, la gran pestilencia pudo penetrar por diferentes puntos, tal vez desde el propio Camino de Santiago, quizá por algún peregrino, llegando a Galicia entre los meses de marzo y julio.
Tomaría entonces dos direcciones: una hacia Portugal, alcanzando Coimbra en septiembre y Braga en diciembre; y otra hacia Asturias y León, alcanzado esta ciudad en el mes de octubre. Unida a la corriente proveniente de Aragón, atacaría todo el norte de la meseta en la primavera de 1349 y se extendería en dirección sur en 1350, afectando a las tropas castellanas que sitiaban Gibraltar. Entre las numerosas víctimas podemos contar al propio monarca castellano, Alfonso XI.
A pesar, como decimos, de la falta de datos fiables y la abundancia de hipótesis no del todo demostradas, sí parecen existir indicios que hablan de una mayor virulencia de la peste en núcleos urbanos de Castilla como Toledo, Sahagún, Bayona o Gibraltar, frente a un menor efecto en las áreas rurales (aunque también fueron golpeadas). Las deficiencias higiénicas y la masificación de habitantes en las grandes urbes contribuían de manera decisiva al contagio y propagación de la muerte negra entre los residentes de las ciudades.
La epidemia trajo consigo un cataclismo socioeconómico, con un importante incremento de los precios y un preocupante abandono del espacio cultivado como manifestaciones más visibles. Hoy en día no hay duda de que la alta mortandad provocó la despoblación de grandes territorios. Nicolás Cabrillana, uno de los principales estudiosos de los fenómenos de despoblación en la península ibérica, afirma que “la aparición en España de la peste negra borró del mapa, para siempre, buena cantidad de lugares”.
Hay datos que demuestran que, muy posiblemente, la negra epidemia golpeó la ciudad de Toledo en el verano de 1349, pues varios miembros de la comunidad judía perecieron en esas fechas, según los estudios del medievalista Saturnino Ruiz de Loizaga. En la inscripción funeraria de uno de ellos, David Ben Josef aben Nahamías, se puede leer: “Sucumbió de la peste, que sobrevino con impetuosa borrasca y violenta tempestad”. Por ello, resulta bastante razonable inferir su propagación en fechas aproximadas a la ciudad de Madrid, aunque entonces esta no era muy relevante y no hay datos concluyentes.

Asturias y Galicia
Si bien en esa época Asturias era una región aislada y apartada de la meseta, los tentáculos de la negra enfermedad atravesaron montañas y barreras naturales, llegando a causar una gran mortandad. Un documento del obispado de Oviedo deja constancia de las desoladoras consecuencias de la “primera mortandat”, que había reducido un tercio las rentas.
En cuanto a Galicia, las referencias o documentos relativos a la existencia de la peste negra son muy escasos. El historiador Valdeón Baruque sostiene que la epidemia pudo haber sido llevada a Galicia por algún peregrino, pero nunca antes de octubre de 1348. A partir de ese mes, la peste, según algunas fuentes, ya había penetrado en zonas de Asturias, comarcas leonesas y el norte de Portugal.

Al-Ándalus
Los conocimientos sobre la incidencia de la epidemia en el mundo musulmán son todavía muy escasos. Según relata el médico, poeta, historiador y filósofo andalusí Ibn Jatima, la peste arribó a Almería en el mes de junio de 1348 y duró todo el verano y el invierno. En esas fechas afectó gravemente al barrio de San Cristóbal, uno de los más pobres de la ciudad, que había sufrido con especial crudeza los efectos de la hambruna acaecida tan solo unos años antes, en 1329. Según recuerda el galeno en sus escritos, en tan solo un día murieron setenta personas. La cifra no impresiona tanto si la comparamos con los 1.200 fallecidos en una sola jornada en Túnez o las 700 víctimas cuantificadas en la ciudad argelina de Tremecén.
Hay constancia de que ese mismo año de 1348 la peste asola también la ciudad nazarí de Granada, pues Ibn Al-Játib fue nombrado secretario jefe del sultán Yusuf I después de que su predecesor sucumbiera a la enfermedad. Desde allí y desde otras ciudades costeras se extendió al resto de Al-Ándalus.

El impacto de la enfermedad fue tan severo entre los soldados del ejército andalusí durante el asedio de Gibraltar por parte de las tropas castellanas de Alfonso XI que se dice que muchos de ellos, al ver su propio sufrimiento y la aparente invulnerabilidad de los castellanos ante la epidemia, se plantearon seriamente cambiar de convicción religiosa. Pero, como sabemos, la supuesta invulnerabilidad tenía fecha de caducidad, pues la muerte negra pronto atacaría por igual a los cristianos, llevándose por delante incluso al propio rey Alfonso XI en marzo de 1350 y obligando a levantar el cerco de Gibraltar.
En la primavera de 1349 la epidemia había tocado a las puertas de Málaga, Antequera y Córdoba. En esta última, la peste se mantuvo hasta bien entrado el mes de agosto. Arjona, en Jaén, fue una de las localidades más castigadas durante los años 1349-1350, quedando, según las crónicas de la época, “yerma y despoblada”. En algunas zonas del mundo musulmán, la epidemia fue interpretada como un castigo mandado por Dios a los creyentes. Por ello reaccionaron recurriendo a amuletos y talismanes, así como a plegarias o actos de penitencia.
Creado: 25.06.2025 | 12:30 Actualizado: 25.06.2025 | 12:30
La epidemia que no entendía de clases: estas fueron algunas de las célebres víctimas de sangre real de la peste negra
La peste que asoló Europa a finales de la Edad Media afectaba a todos, sin distinguir apenas entre pobres y ricos. Quizá por esto, porque la muerte negra se llevaba a los mendigos y a los campesinos pero no se detenía ante los reyes ni ante la nobleza, generó tanto terror en la época. Las plagas regresarían regularmente después y, entonces, también se llevarían a cabezas coronadas, además de a pintores, escritores, poetas y filósofos Sigue leyendo

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En 1347, una enfermedad terrible y hasta aquel momento desconocida se propagó por Europa y en pocos años sembró la muerte por todo el continente. La temible plaga procedente de Asia se extendió en poco tiempo ayudada por la mala alimentación, las pésimas condiciones higiénicas y los rudimentarios conocimientos médicos de la época. Desde entonces, la denominada peste o muerte negra fue una inseparable compañera de viaje de la población europea hasta su última manifestación, ya en el siglo XVIII.
La enfermedad alcanzaba a todos, pobres y ricos, mendigos y nobles, campesinos y reyes. Y porque afectaba a todos tuvo tanto eco en las exageradas y hasta apocalípticas fuentes escritas de la época. Por ejemplo, en El Decamerón (1353), Giovanni Boccaccio escribe: “¡Cuántos ilustres hombres, cuántas bellas damas, cuántos apuestos jóvenes a los que el propio Galeno, Hipócrates o Esculapio les habrían considerado sanísimos, comieron por la mañana con sus parientes, compañeros y amigos y luego, al llegar la tarde, cenaron con sus antepasados en el otro mundo!”.

Queda clara, pues, la igualdad con la que atacaba el mortífero bacilo, sin atender a condición social, poder económico, edad ni sexo. Así, no faltan ejemplos en el medievo europeo de personajes de sangre real que perecieron a consecuencia de la que fue, sin duda, la enfermedad más temida de la época.
La peste negra llegó a la península ibérica en la primera mitad del siglo, en torno al año 1347 o 1348, y tuvo diferentes puntos de entrada: la zona oriental de los Pirineos, los puertos del Levante y el estrecho de Gibraltar. No obstante, antes de que se expandiera en toda su crudeza la gran epidemia europea de finales de la Edad Media, hubo un rey que, según las escasas crónicas de la época, pudo ser víctima de esta enfermedad. Al monarca aragonés Alfonso III el Liberal la muerte le sorprendió en 1291 en medio de los preparativos de su boda con Leonor, hija de Eduardo I de Inglaterra y Leonor de Castilla.

Según dichas fuentes, le salió una protuberancia en el muslo acompañada de fiebre, lo que para muchos estudiosos es evidencia de que murió de peste bubónica (aunque, para otros, habría sufrido un infarto glandular). En cualquier caso, la enfermedad se lo llevó en solo tres días y el fatal desenlace desbarató la alianza con Inglaterra, pues, aunque el matrimonio se había celebrado por poderes el 15 de agosto de 1290 en la abadía de Westminster, no llegó a consumarse: Alfonso murió cuando se estaban preparando los festejos en Barcelona para recibir a la infanta, que ni siquiera había salido de Inglaterra.
Quien, sin ningún tipo de dudas, murió presa de la peste negra fue Alfonso XI de Castilla. Para muchos es el único monarca de toda Europa que falleció víctima de esta enfermedad. Ocurrió en Gibraltar el 27 de marzo de 1350, cuando tenía 38 años y mientras cercaba la plaza –ocupada por los musulmanes– con el ejército de Castilla.

Alfonso XI, el Justiciero
Este rey, nacido en Salamanca en agosto de 1311 y apodado el Justiciero, era bisnieto de Alfonso X el Sabio. Hijo de Fernando IV de Castilla y de Constanza de Portugal, Alfonso XI heredó el trono con solo un año, pero no reinó hasta que se decretó su mayoría de edad en 1325.
Durante su reinado, consiguió llevar los límites de los territorios cristianos hasta el estrecho de Gibraltar tras la importante victoria en la batalla del Salado (1340), la toma de Alcalá la Real (1341) y la conquista del reino de Algeciras (1344). Pero para Alfonso XI ganar Algeciras sin Gibraltar era una victoria a medias, por lo que en 1349 inició la reconquista del istmo. No lo consiguió, porque siete meses de bloqueo no dieron los resultados esperados –los musulmanes de Gibraltar eran bien abastecidos a través del Estrecho– y por la llegada al campamento castellano, asentado en terrenos de lo que más tarde sería La Línea de la Concepción, de una epidemia de peste que venía asolando Europa desde hacía dos años y que frustró definitivamente la conquista.

El rey ya había vivido indirectamente las consecuencias de la peste con la muerte en 1348 de Juana de Inglaterra, la prometida de su hijo legítimo, Pedro I el Cruel. Hija de Eduardo III, murió en Burdeos (Francia) de dicho mal cuando iba camino de Castilla para casarse.
Por temor a la enfermedad, los consejeros reales, los numerosos hijos bastardos del rey y los grandes maestres de las órdenes militares aconsejaron a Alfonso que levantara el sitio. Incluso su amante, Leonor de Guzmán, intentó convencerlo. Leonor lo acompañaba en la campaña porque Alfonso XI, tras apartar a su esposa María de Portugal de la corte, eligió vivir con su amante abiertamente. No solo no la ocultó, sino que incluso se cree que la inmortalizó en una cantiga de amor que se le atribuye. Tuvieron diez hijos, entre ellos el rey Enrique II de Castilla, fundador de la Casa de Trastámara, común a las coronas de Castilla y Aragón hasta los Reyes Católicos.
Todos los ruegos fueron inútiles. Alfonso, convencido de que Gibraltar estaba a punto de rendirse, hizo oídos sordos y se negó a retroceder; solo la muerte lo detuvo. El rey de Castilla falleció de peste el Viernes Santo de 1350, cuando estaba muy cerca de recobrar toda la península para la cristiandad. Su cadáver fue llevado a Jerez de la Frontera, donde fue embalsamado (y sus intestinos, enterrados en la capilla del Real Alcázar). Posteriormente sería trasladado a Sevilla y en 1371, cumpliendo su última voluntad, a la capilla real de la catedral de Córdoba, donde permaneció durante más de trescientos años, junto a su padre Fernando IV. En la actualidad, los restos mortales de ambos monarcas reposan en la iglesia de San Hipólito de Córdoba.
Mujeres lloradas
Otro protagonista del asedio a Gribraltar, Pedro IV de Aragón, llamado el Ceremonioso o el del Punyalet, vivió de cerca las consecuencias de la peste bubónica. El rey aragonés, que ayudó a Alfonso XI en la conquista de Algeciras y en el intento de tomar el Estrecho, perdió en seis meses de 1348 a su segunda esposa, Leonor de Portugal, con la que se había casado en 1347, a su hija y a su sobrina.

También murió a causa de la peste Bona de Luxemburgo (1315-1349), la esposa del futuro rey Juan II de Francia, justo un año antes de que este fuera coronado. Lo mismo que Juana II de Navarra, fallecida en 1349 en el Castillo de Bréval, cerca de París, veinte años después de que ella y su marido Felipe de Évreux ascendieran al trono navarro. Nacida en 1311 en Francia, allí se retiró tras la muerte de su marido y ya nunca regresaría a Navarra, aunque siguió siendo monarca y atendiendo los asuntos del reino por correspondencia hasta su muerte por la epidemia.
La peste saltó a la costa sur de Inglaterra en el verano de 1348. Como ya se dijo, Juana de Inglaterra murió de peste negra ese año, camino de Castilla, pero además su madre Felipa de Hainault, esposa de Eduardo III y madre de Juan de Gante, moriría del mismo mal en 1369, como le había sucedido un año antes a su nuera Blanca de Lancaster (1342- 1368). La primera esposa de Juan de Gante, madre del rey Enrique IV y abuela de Enrique V de Inglaterra, murió en el castillo de Tutbury, Staffordshire, el 12 de septiembre de 1368, mientras su esposo estaba en el extranjero. Su funeral en la catedral de San Pablo, en Londres, fue precedida por un magnífico cortejo al que asistieron la mayor parte de la alta nobleza y el clero.
En 1415, su hija primogénita, Felipa de Lancaster, reina consorte de Juan I de Portugal, también cayó víctima de la peste negra. A principios de ese año la pandemia había llegado a Lisboa y Oporto, por lo que la corte portuguesa se trasladó a Sacavém. El esposo y los hijos de Felipa estaban inmersos en la toma de Ceuta y la reina, entregada espiritualmente a esa empresa, realizaba largos y frecuentes ayunos, oraciones y vigilias que la debilitaron. La peste llegó a Sacavém, por la constante entrada y salida de mensajeros, y en julio la reina ya se encontraba enferma. Murió el día 19 y sus restos fueron trasladados por orden de su marido al convento de Santa Maria da Vitória, que albergaría las tumbas de otros miembros de la casa de Avís, entre ellos su esposo y algunos de sus hijos.

Asimismo, en un posterior rebrote de la peste en tierras inglesas moriría Ana de Bohemia. Miembro de la Casa de Luxemburgo e hija mayor de Carlos IV, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y rey de Bohemia, fue reina de Inglaterra como primera esposa de Ricardo II y murió a los 28 años, después de 12 de matrimonio. Fue un golpe devastador para Ricardo, cuya posterior conducta imprudente le hizo perder el trono.
Otras pestes, otras víctimas ilustres
Como ya se ha visto, después de la gran pandemia que asoló Europa entre 1347 y 1352, las plagas regresaron regularmente. El boticario, astrólogo y supuesto adivino Nostradamus (Michel de Nôtre- Dame) vivió en tiempos de pestes reiteradas y en una de ellas, la de 1537, perdió a su primera esposa y a sus dos hijos.

Por su parte, el gran William Shakespeare vio morir en 1596 a Hamnet, su único hijo varón con Anne Hathaway, probablemente de peste. Tenía 11 años y algunos estudiosos especulan sobre la relación entre Hamnet y la obra posterior de su padre, Hamlet, y sobre otras posibles conexiones entre la muerte del niño y El rey Juan, Romeo y Julieta, Julio César o Noche de Reyes.
En el año 1575, cuando la peste negra asolaba la ciudad de Venecia, Tiziano Vecellio pintó La Piedad para la iglesia de los Frari (para decorar su sepultura, aunque finalmente no le acompañó a la tumba). Tiziano, que rondaba los 90 años, y su hijo Horacio aparecen retratados en actitud de plegaria, a manera de exvoto, ante una Virgen que sostiene a su hijo muerto. El gran maestro renacentista murió en agosto de 1576 –dejando La Piedad inacabada– e inmediatamente le siguió su hijo Horacio por el mismo brote epidémico. El Senado veneciano derogó una severa medida que obligaba a incinerar los cadáveres de las víctimas de la peste y permitió que sus restos recibieran sepultura en la iglesia de los Frari.

50 años después, en 1626, el genio barroco de la escuela flamenca Peter Paul Rubens perdió a su primera mujer, Isabella Brant – de la que hizo numerosos retratos–, por culpa de la peste. Y otro grande, Rembrandt, sufrió el dolor de la muerte por esta enfermedad de su amante Hendrickje. La joven de Retrato de Hendrickje Stoffels (1654) estuvo ligada sentimentalmente al pintor neerlandés en sus últimos tiempos, hasta que en 1663 un barco procedente de Argel llevó la peste a Ámsterdam y ella fue una de sus víctimas. Su pérdida impulsó la tragedia y la angustia que se pueden observar en los últimos autorretratos de Rembrandt.
Algunos de los más famosos artistas españoles del siglo XVII, como Zurbarán hijo o Martínez Montañés, perecieron a causa de su fatal contagio en la peste que asoló Sevilla en 1649. Más tarde, en 1695, la escritora y religiosa sor Juana Inés de la Cruz contrajo la peste en México mientras atendía a otras monjas en el convento de San Jerónimo, donde vivía. La enfermedad se la llevó a los 46 años.
Otra epidemia, esta vez de cólera pero igualmente letal, diezmó la población europea en la década de 1830, dejando varias víctimas notables. Una de ellas fue Jean-François Champollion, padre de la egiptología y estudioso que acompañó a Napoleón en su expedición militar, colonizadora y científica a Egipto y que logró descifrar la escritura jeroglífica. Contrajo el cólera en París en marzo de 1832 y murió con solo 41 años de edad. Un año antes había fallecido del mismo mal en Berlín el filósofo alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel. También la muerte del célebre compositor ruso Piotr Ilich Tchaikovski en San Petersburgo, el 6 de noviembre de 1893, es atribuida a la epidemia de cólera que vivía esa ciudad. Se cree que el artista bebió deliberadamente agua contaminada para provocarse la muerte.

Ya en el siglo XX, llegó la mal llamada gripe española, que atacó, aunque no mató, al rey de España, Alfonso XIII, al primer ministro británico, David Lloyd George, al presidente estadounidense, Woodrow Wilson, y al káiser alemán, Guillermo II; es decir, a los grandes protagonistas de la política mundial de la época. Además, Edvard Munch, autor del famoso cuadro El grito, estuvo afectado por la pandemia de 1918 (se pintó a sí mismo convaleciente), que también nos arrebató a otro genio, Gustav Klimt, y a dos consagrados escritores franceses: el poeta Guillaume Apollinaire y el autor de Cyrano de Bergerac, Edmond Rostand.
Supersticiones, amuletos, santos y brujas: así se emplearon la magia y la religión para combatir la peste negra
Como un fantasma, la peste negra recorrió Europa entre 1347 y 1350 causando terror y desesperación. Fue la plaga más mortífera que conoció la humanidad y acabó con la vida de entre el 30 y el 50% de la población europea (un tercio de la cristiandad). Se desconocía su origen y su remedio y se creía que podía ser un castigo divino, de modo que para hacerle frente se recurrió a los ritos y creencias esotéricos y hasta a la astrología

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El desconocimiento y el miedo desencadenan comportamientos primitivos en el ser humano, reacciones más instintivas que racionales. Y eso es lo que ocurrió durante la plaga que asoló Europa en el siglo XIV. La peste negra logró generar un pavor mayor que la reina de los males antiguos, la lepra. Y es que no solo la tasa de mortalidad era extraordinariamente alta; además, nadie sabía a qué se debía, cómo se transmitía ni qué podía hacerse para curarla.
Barcos genoveses infectados procedentes de Asia atracan en Messina en 1347 con la mayor parte de la tripulación muerta, y el resto contagiada. Desde allí, la enfermedad se extiende al resto de Italia y a la mayor parte de Europa. Antes de que los gobernantes puedan reaccionar, la población empieza a morir a miles y el terror se apodera de la gente, que cree que ha llegado el fin del mundo. Las multitudes buscan auxilio en la Iglesia, pero los propios monjes de los monasterios están muriendo en masa y demostrando que los rezos no sirven para salvarlos. ¿Qué opción queda? Recurrir directamente a los santos y sus reliquias, pero también a curanderos, brujos y alquimistas.
Falsos culpables
Como parte de esa reacción irracional ante el miedo que provocaba la peste, se buscaron culpables y se encontraron. En Europa fueron los judíos, quemados a cientos en las hogueras acusados de envenenar los pozos para acabar con la cristiandad. Pero los prejuicios, el odio y el miedo provocaron que se acusara y matara también a los leprosos, a los que sufrían psoriasis, a las mujeres, a los musulmanes, a los extranjeros o a las brujas.

Empezó una persecución terrible de las mujeres sospechosas de practicar la brujería, que acabó con ellas torturadas para que confesaran sus ‘poderes ocultos’ y quemadas en la hoguera vivas tras juicios más que cuestionables. En muchas ocasiones las víctimas eran parteras y sanadoras, receptoras del conocimiento ancestral de medicina y química, pero se creía que si tenían ‘poderes’ para sanar tenían necesariamente que haber aprendido esos conocimientos del mismísimo Belcebú.
Las brujas tuvieron su lugar dentro de la ‘medicina medieval’ como curanderas entendidas en hierbas medicinales. La gente recurría a ellas, a sus recetas, ungüentos sanadores y filtros amorosos, pero también las temía porque las creía dotadas de poderes extraordinarios. Por eso, fueron el chivo expiatorio perfecto ante la peste.

Remedios naturales
Al desconocimiento de la enfermedad hay que añadir el de los medicamentos de base científica (no se desarrollarían hasta el siglo XVIII). La medicina que existía en la Edad Media estaba muy ligada a lo natural. Se basaba, en buena medida, en remedios terapéuticos vegetales, en el conocimiento de las propiedades curativas de todo tipo de plantas y en saber preparar ungüentos, algo que se transmitía oralmente de generación en generación y que solía recaer en las manos de curanderos y curanderas.
Todos los temas referentes a la medicina, las enfermedades y las epidemias se veían rodeados de un halo supersticioso y mágico. Sin ir más lejos, los propios médicos ponían hierbas aromáticas en sus máscaras esperando que la fragancia del ámbar gris o las hojas de menta los mantuviera a salvo. Algunos se protegían mascando ajo y tabaco y otros frotándose la piel y el pelo con agua de rosas o con vinagre, o impregnando con este los pañuelos que se llevaban a la boca. Para purificar el aire en los interiores se ponían a cocer especias (para crear vapor) o se quemaban plantas como incienso o flores de manzanilla. También el fuego era una medida purificadora, que se utilizaba para destruir ropas y enseres que pudiesen estar infectados.
Por culpa de los astros
Giovanni Boccaccio, en la primera jornada de su obra El Decamerón, hace la mejor y más ilustrativa de las descripciones de la epidemia de peste negra en Florencia y del modo en que debió vivirla la población europea, pero lo que resulta sorprendente es a qué o a quién encuentra responsable: “Por obra de los astros celestes o por nuestras iniquidades, enviada por justa ira de Dios sobre los mortales para nuestra enmienda”. El florentino manifiesta en esta afirmación las dos grandes corrientes de pensamiento que dominan en la Edad Media acerca del devenir del ser humano: la enfermedad como castigo divino y el firmamento como detonante en la fortuna del universo.

Las fuentes clásicas aluden a la influencia del signo del Zodíaco bajo el que nace un individuo en el transcurso de su vida, y estos saberes se transmiten desde los doctrinales de caballerías hasta las obras religiosas y literarias. Alfonso X el Sabio ya impulsó los estudios sobre materia astronómica y los fenómenos astrológicos se suceden en las vidas de los santos y en las de los héroes y no faltan estrellas anunciadoras, eclipses o signos de fuego en marcados acontecimientos históricos. Todo lo sobrenatural que ocurre en el cielo antecede a una incidencia mayor o menor en la Tierra. Por eso, no es de extrañar que hubiera quienes imaginaron que la peste de 1347 podía tener un origen astrológico –ya fuese por la conjunción de determinados planetas como Júpiter, Saturno o Marte, por los eclipses o bien por el paso de cometas–.
Era tradición popular recoger las hierbas y raíces curativas en una noche determinada o cuando la Luna presentaba una fase considerada favorable. Esto mismo creían los médicos árabes, que fabricaban amuletos con los signos del Zodíaco grabados para colocarlos sobre la zona afectada y así ‘curar’ dolencias como lumbagos, reumatismos o cólicos nefríticos. La astrología estuvo tan extendida que llegó a enseñarse en las universidades bajomedievales y los reyes tenían astrólogos a los que consultaban antes de tomar decisiones importantes.
En las obras médicas más significativas escritas sobre la peste en las fechas de la epidemia, resulta evidente la influencia de la astrología en la teoría y la práctica medica de la época. Alberto Magno, uno de los científicos, teólogos y filósofos más importantes de la Edad Media (se enfrentó a la Iglesia para introducir el pensamiento de Aristóteles en las universidades europeas), atribuye, en su obra De cuasi propietatum elementorum, a las conjunciones planetarias “grandes mortalidades y despoblamientos de reinos”, al adjudicarles ciertas características térmicas a los planetas. Gentile de Foligno afirma que la conjunción planetaria produjo “[...] material ponzoñoso que se genera en torno al corazón y los pulmones”.

Y el fraile y cronista Jean de Venete escribió que en el mes de agosto, después de Vísperas, cuando el Sol empezaba a ponerse, “apareció una grande y muy brillante estrella sobre París hacia Occidente que se descompuso en muchos rayos diferentes. Si estaba compuesta de exhalaciones etéreas y finalmente se resolvió en vapor, es cuestión que dejo a los astrónomos. Sin embargo, es posible que fuese presagio de la terrible pestilencia que vendría y que, en realidad, vino muy poco después a París y a todo Francia y todos lugares”. También en el Compendium de epidimia, obra colectiva del Colegio de Doctores de la Facultad de Medicina de París, se atribuía el “origen remoto de la corrupción del aire” a la conjunción de Saturno, Marte y Júpiter en el signo de Acuario el 20 de marzo de 1345 a la una del mediodía (aparte de a otras conjunciones y eclipses).
En cierta medida, los primeros pasos de la medicina moderna se darían a consecuencia de la peste negra, pero antes de llegar a eso el mundo de las supersticiones relacionadas con la enfermedad vivió su momento de oro.
Supersticiones y magia
El Diccionario de la Real Academia nos dice que superstición es “toda creencia extraña a la fe religiosa y contraria a la razón”, y el de María Moliner la describe como “una creencia en alguna influencia no explicable por la razón”. Cabría, pues, englobar en ello creencias ancestrales de origen pagano como fetiches, amuletos, horóscopos, cartas del Tarot o piedras protectoras.
Ya en el siglo IV, san Agustín decía que “la superstición es pagana y demoníaca”, pero es en la Edad Media cuando se recrudece. Abundan los talismanes que se llevan para contrarrestar la nigromancia o el mal de ojo, creencia muy extendida que practican incluso los reyes. En los autos de la Inquisición se menciona el poder de ciertas piedras y se dice que quienes se consagran al demonio pueden adquirir poderes sobrenaturales con sólo llevar ciertas joyas que demuestran el poder de ciertas piedras. Esas mismas personas podían evitar grandes males recitando la Biblia o esgrimiendo la cruz, símbolo máximo del cristianismo.

Como vemos, la línea que separa religión y magia es realmente muy fina. El cristianismo medieval juzga y castiga las supersticiones no religiosas por pecaminosas, pero a la vez otorga a ciertos elementos o ritos relacionados con el cristianismo poderes sobrenaturales (básicamente, de protección). Ante un problema, se les concedía a ciertos ceremoniales o a una serie de objetos poderes excepcionales. Se trataba de obtener una protección constante, tanto con medios materiales como espirituales; de ahí el papel que juegan el ángel de la guarda y los santos auxiliadores en las creencias populares de la sociedad medieval.
La enfermedad como castigo divino
El cristianismo otorgaba a Dios el poder de curar y enfermar, de modo que la enfermedad era vista como un castigo, una prueba. Pero también se otorgaba un gran poder a Satanás y a los demonios, en ocasiones más que a Jesucristo y los santos, de ahí que la enfermedad se viera asimismo como un mal demoníaco y la práctica de la medicina estuviera muy ligada a las supersticiones.
La idea del castigo de Dios derivó en una religiosidad exacerbada dominada por la culpa (desde los años de la peste crecieron la venta de indulgencias, la donación de bienes a la Iglesia, la construcción de templos y las peregrinaciones a los lugares santos como Roma o Santiago de Compostela). Era la voluntad de Dios la que decidía quién vivía y quién moría, y era a él a quien se debía invocar para la cura.

La religiosidad de las gentes de la época movía a las autoridades a promover actos religiosos con el único afán de conseguir la protección divina. Así, se organizaban procesiones multitudinarias y solemnes por las calles de las ciudades para pedir la clemencia de Dios y evitar la propagación de la epidemia, aunque, como sucedió con la que emprendió el papa Gregorio Magno en el siglo VI, algunas aglomeraciones se convertían en grandes focos de muerte y contagio.
En su novela Un mundo sin fin, el escritor galés Ken Follett habla de las pestes medievales como el producto de la falta de limpieza, la promiscuidad y el contagio en las catedrales. Y es que allí acudían para rezar y asistir a los ritos sagrados todos juntos, pegados unos a otros, mezclándose sanos y enfermos. No es de extrañar que el incienso, en especial el fuerte traído de Siria, sirviera para matar los malos olores (y quizá algunos virus).
Tampoco faltaron las rogativas, básicamente oraciones públicas hechas a Dios para conseguir remedio en una grave necesidad (su origen se remonta a los primeros siglos de la cristiandad); y los grupos de penitentes que desfilaban, vestidos de blanco, dándose latigazos y portando pesadas cruces.

Santos sanadores
Es en torno al siglo XII, en un contexto cristiano-pagano, cuando aparece el culto mariano generando la fundación de múltiples santuarios dedicados a la Virgen, y cuando se estimula la hagiografía (las biografías de santos). A estos, la Iglesia les exige una serie de milagros para subirlos a los altares, pero es la imaginación popular la que los dota de poderes sobrenaturales. Surgen así los santos sanadores, protectores o auxiliadores. Cada uno especializado en la curación de una enfermedad, se convierten en la gran esperanza; por eso las ciudades tienen su santo protector (que se saca en procesión en los malos momentos) e incluso los gremios se buscan un valedor celestial.
La religión rayana en lo supersticioso era la defensa más popular contra la pandemia; por eso, en lo más profundo de las embestidas de la peste negra, las víctimas rezaban con devoción ante sus imágenes y amuletos bendecidos. En esta época surgió, por ejemplo, la devoción, veneración y culto de la Virgen contra la Peste, a la que se dedicó una capilla en la catedral de Valencia, y apareció san Roque como abogado contra la peste y el cólera, aunque santos antipestosos ha habido muchos a lo largo de la historia: san Cristóbal, san Gil (Egidio en italiano), san Andrés o san Antonio abad.

Merecen especial atención santa Catalina de Siena, heroína durante la terrible peste negra que asoló Siena en 1374 (se dice que obró milagros); santa Rita de Cascia, que inmediatamente después de su muerte era ya venerada como protectora ante la peste, probablemente por haberse dedicado al cuidado de los enfermos contagiados sin contraer nunca la enfermedad (este uno de los motivos por el que se la llama la ‘santa de los imposibles’), y san Luis Gonzaga, de comportamiento ejemplar en la peste que se desató en Roma en 1591.
Del culto a san Sebastián se tenía un precedente durante las epidemias del siglo VII, pero es con la peste del XIV cuando cobra importancia. El santo había muerto atravesado por flechas y se veía una similitud entre esto y el hecho de que las personas que morían de peste negra parecían ser abatidas por las flechas de la ira de Dios.

Las reliquias
Los exvotos u ofrendas en cumplimiento de una promesa o en agradecimiento por un favor tienen sus orígenes en la época medieval, en la que también las reliquias –vestigios de la existencia terrenal de Cristo o de los santos y mártires– se convierten en el mayor tesoro, al atribuírseles poderes sanadores e, incluso, milagrosos. Servían restos corporales (huesos, cabello, vísceras, piel...) y también objetos asociados con el santo en cuestión y su martirio.
El primer registro de la colección de huesos de un mártir, Policarpo, data del año 156. Las catacumbas romanas dieron abundante material de la época de la persecución de los cristianos, pero fue sobre todo en la Edad Media cuando la especial veneración por las reliquias generó un considerable comercio (y fraude) relacionado con las peregrinaciones y las Cruzadas. Al principio se utilizaban para convertir un emplazamiento en lugar de culto de algún santo cristiano, pero luego se difundió el uso personal; es decir, se buscaban para tenerlas en casa o llevarlas encima.
En este sentido, el posterior Concilio de Trento (1545-1563), exponente máximo de la Contrarreforma católica, auspiciaría la veneración de las reliquias. Y así, sin pudor se recopilaron tantos fragmentos de la cruz de Cristo que darían para varias cruces, y a nuestros días han llegado más de una decena de cabezas del Bautista, de quien se guardan también más de sesenta dedos en iglesias y conventos de todo el mundo.

Un hallazgo histórico: la Peste Negra comenzó un siglo antes de lo que se creía
Un nuevo estudio revela que la Peste Negra pudo haber comenzado un siglo antes de lo que se pensaba, cambiando nuestra comprensión de la pandemia más devastadora de la historia. Sigue leyendo

Durante siglos, la historia de la Peste Negra ha comenzado en un punto fijo: el siglo XIV, cuando la bacteria Yersinia pestis desató su furia sobre Europa, matando a millones de personas en un periodo de apenas cinco años. Sin embargo, una nueva investigación publicada en Medical History está desafiando esta línea temporal y sugiriendo que la historia del brote más letal de la humanidad comenzó mucho antes de lo que creíamos.
Un análisis detallado de crónicas medievales y estudios recientes sobre la genética de la peste indica que la bacteria pudo haber llegado al Medio Oriente casi un siglo antes del desastre de 1347. Esta hipótesis no solo cambia nuestra comprensión de la Peste Negra, sino que también nos obliga a replantearnos cómo las enfermedades emergen y se propagan en momentos de grandes transformaciones históricas.
El rastro oculto de la plaga en el siglo XIII
Hasta ahora, la narrativa predominante sostenía que Yersinia pestis apareció en el siglo XIV, expandiéndose con rapidez desde Asia Central hasta el Mediterráneo y Europa. No obstante, el trabajo de los historiadores de la medicina Monica H. Green y Nahyan Fancy, quienes han estudiado minuciosamente fuentes medievales, sugiere que la bacteria ya estaba establecida en el Medio Oriente desde la segunda mitad del siglo XIII.

A través del análisis de más de una docena de documentos anteriores a 1348, incluyendo crónicas, textos religiosos y escritos médicos, los investigadores han detectado referencias a epidemias con síntomas característicos de la peste bubónica en regiones como Siria, Irak y Egipto. Los propios cronistas medievales emplearon términos específicos para describir la enfermedad, incluyendo referencias a bubones inflamados, un signo distintivo de Yersinia pestis.
El contexto histórico no es menor. Durante la década de 1250, el Imperio Mongol avanzaba implacablemente sobre el mundo islámico, con la conquista de Bagdad en 1258 como uno de los episodios más significativos. Las fuentes de la época sugieren que, en medio de la devastación de la ciudad, se produjeron brotes epidémicos que afectaron tanto a la población local como a los invasores mongoles.
¿Cómo llegó la peste antes de la Peste Negra?
Si la peste ya estaba presente en el Oriente Medio en el siglo XIII, la pregunta clave es: ¿cómo llegó allí? La respuesta podría encontrarse en la ecología de la propia bacteria. Yersinia pestis es un microorganismo que circula principalmente entre roedores y pulgas antes de dar el salto a los humanos. Para que la peste pueda establecerse en una región, necesita un ecosistema adecuado que permita su transmisión sostenida.
Según la investigación, los movimientos de tropas, el comercio y las rutas de abastecimiento del ejército mongol pudieron haber jugado un papel fundamental en la dispersión de la plaga. Se ha sugerido que los granos almacenados, transportados desde Asia Central hasta Mesopotamia y el Levante, podrían haber servido de refugio para ratas y pulgas portadoras de la bacteria. Esta hipótesis coincide con estudios genéticos previos que han demostrado que las cepas de peste que llegaron a Europa en el siglo XIV están estrechamente relacionadas con aquellas que aún circulan en roedores de Asia Central.
Pero la clave de esta teoría no es solo genética. El concepto de "focalización" juega un papel crucial: la peste no siempre se presenta en forma de brotes humanos evidentes. Durante años o incluso décadas, Yersinia pestis puede mantenerse en poblaciones de roedores antes de producir una explosión de casos en humanos. Es posible que esto haya ocurrido en el siglo XIII, preparando el escenario para la catástrofe del siglo XIV.

Reevaluando la historia de la Peste Negra
Uno de los aspectos más revolucionarios de esta investigación es que cuestiona la idea de que la peste llegó de repente a Europa en 1347. En lugar de una irrupción repentina, lo que pudo haber ocurrido es que la bacteria ya estaba establecida en el Medio Oriente y otras regiones mucho antes del brote masivo en Europa.
Esto encaja con un planteamiento propuesto por los investigadores: un período anterior a la pandemia en el que la peste ya estaba presente, pero sin alcanzar el nivel de mortandad que la haría famosa. Durante estos años, la bacteria se adaptó a nuevos entornos, encontrando en el ecosistema del Mediterráneo oriental y el norte de África un nicho perfecto para su expansión futura.
Además, la investigación pone en duda la idea de que la peste viajó en un único evento desde Asia Central hasta el puerto de Caffa en Crimea, desde donde habría sido transportada a Europa. En su lugar, plantea que la bacteria ya estaba presente en diferentes puntos de Eurasia, esperando las condiciones adecuadas para desatar su mortífera ola de contagios.

¿Qué nos dice esta investigación sobre el futuro?
Más allá de reescribir la historia de la Peste Negra, este estudio tiene implicaciones para nuestra comprensión de las pandemias en general. Si Yersinia pestis pudo haber estado presente sin ser detectada durante décadas, es posible que otros patógenos hoy en día sigan trayectorias similares.
El mundo medieval no contaba con microscopios ni con el concepto de bacterias, por lo que los cronistas solo podían describir lo que veían: enfermedades repentinas, muertes masivas y la conexión con eventos catastróficos como batallas o asedios. Sin embargo, con los avances actuales en genética y análisis histórico, ahora podemos leer entre líneas y reconstruir la verdadera historia de la peste con una precisión sin precedentes.
El descubrimiento de que la Peste Negra pudo haber comenzado mucho antes de lo que se pensaba es un recordatorio de que las pandemias no ocurren en el vacío. Se gestan durante años, a menudo sin que nos demos cuenta, hasta que finalmente estallan con consecuencias devastadoras.
Hoy, en un mundo globalizado donde las enfermedades emergentes pueden propagarse con una velocidad vertiginosa, comprender los procesos históricos que llevaron a la peste medieval puede ofrecernos valiosas lecciones sobre cómo prevenir futuras pandemias.
Referencias
- Green MH, Fancy N. Plague history, Mongol history, and the processes of focalisation leading up to the Black Death: a response to Brack et al. Medical History. Published online 2025:1-25. doi:10.1017/mdh.2024.29
La peste, la gran epidemia que ha acompañado a la humanidad
La peste nos acompaña desde más tiempo del que imaginábamos: ya en muestras obtenidas en la Edad de Bronce se ha recuperado el genoma de la bacteria Yersinia pestis, una enfermedad que ha moldeado nuestra genética.

Desde 2020, hemos vivido un episodio pandémico, con las traumáticas consecuencias que conlleva desde el punto de vista socioeconómico, sanitario y psicológico para la generación que nos ha tocado sufrirlo. Pero este tipo de situaciones no es nueva. Si el lector ha viajado por ciudades europeas, encontrará monumentos que celebran el fin de episodios epidémicos históricos.
Un ejemplo paradigmático es la Columna de la peste en Viena, un impresionante monumento erigido en 1679 en acción de gracias tras el pico epidémico de peste en esta ciudad. Es solo una evidencia de que la humanidad ha pasado antes por múltiples crisis pandémicas, algunas de ellas mucho más graves. Los microorganismos patógenos, virus y bacterias, desempeñan un papel importante en los ecosistemas, controlando las poblaciones de especies que proliferan y amenazan su equilibrio. A la especie humana, como seres pensantes, capaces de poner la razón al servicio de nuestro instinto de supervivencia, nos cuesta asumir las crudas leyes de la naturaleza. Pero por más que nuestro componente intelectual aporte una percepción antropocéntrica de nuestro papel en la biosfera, la naturaleza con frecuencia nos recuerda que nuestra supervivencia requiere un plan de sostenibilidad, que seguimos necesitando adaptarnos a los cambios que nosotros mismos forzamos en el medio ambiente en la llamada Era del Antropoceno. Como dijo Pasteur: «Los microbios serán los que tengan la última palabra». Los patógenos emergentes, virus pandémicos y bacterias resistentes a antibióticos, por ejemplo, son un aviso de que solo los más fuertes, los mejor preparados genéticamente, han de sobrevivir.

Una vieja conocida
La historia de la humanidad está, valga la redundancia, plagada de plagas. Y de todas las epidemias que han asolado la humanidad, las más mortíferas han tenido un protagonista indiscutible: Yersinia pestis.
La peste es una vieja conocida. A partir de reseñas históricas de la antigüedad, la fiel descripción de signos y síntomas reconocibles para la medicina moderna ha permitido establecer sin duda la etiología de la «peste de Justiniano» (541), la «peste negra» medieval (1346) o la pandemia iniciada en los siglos XVIII-XIX, aún vigente de forma endémica. Un equipo de investigación de la Universidad de Copenhague demostró en 2015 mediante secuenciación de ADN a partir de restos arqueológicos que la peste nos acompaña desde más tiempo del que imaginábamos. De entre 101 restos humanos de la Edad de Bronce obtenidos en museos y excavaciones, el genoma de la bacteria Yersinia pestis fue recuperado de siete de ellos.
A partir de pacientes víctimas de un pico epidémico en Hong Kong en 1894, Alexander Yersin, discípulo de Pasteur en su instituto parisiense, aisló a la bacteria causante de la peste, que también estaba siendo investigada por Kitasato Shibasaburō, en la escuela de Robert Koch, el laboratorio alemán rival. En honor a su maestro, Yersin bautizó a su descubrimiento Pasteurella pestis, pero en 1944 los taxónomos la rebautizaron haciendo homenaje a su descubridor.
Yersinia pestis es una bacteria gramnegativa relacionada con las enterobacterias, como Salmonella enterica o Escherichia coli. Al microscopio, en la tinción bacteriológica de gram, aparece como un típico bacilo de muy escasa longitud, casi indistinguible de otras bacterias de este grupo. Su «prima» Yersinia enterocolitica produce un cuadro de enteritis de origen alimentario similar a la salmonelosis. Pero Y. pestis es mucho más temible. Transmitida por picadura de la pulga de la rata (Xenopsila cheopis), su reservorio, ha sido responsable de la crisis epidémica más mortífera de la historia: la peste negra. Tradicionalmente, se han clasificado tres biovariedades de Y. pestis: antiqua, mediaevalis y orientalis, diferenciables por sus propiedades bioquímicas, en concreto su capacidad de reducir nitratos y fermentar glicerol. La biovariedad antiqua tiene un origen africano y probablemente fue responsable de la peste de Justiniano, mientras que mediaevalis procede del Asia central y es la responsable de la terrible peste negra del medievo. Y. p. orientalis se originó en el sudeste asiático y es la que se diseminó en la Edad Moderna y aún persiste.

Tres tipos de peste
La peste es una infección muy grave. Es algo que tenemos interiorizado gracias a la literatura, el cine (clásico imprescindible El séptimo sello de Ingmar Bergman, por ejemplo) y la televisión. Existen tres tipos en función de la vía de contagio y las manifestaciones clínicas: la peste bubónica, septicémica y neumónica.
La peste bubónica se contrae al sufrir la picadura de una pulga infectada. Este insecto hematófago, al succionar suele regurgitar algo de sangre, inoculando el patógeno en los tejidos en la zona de la picadura. Yersinia pestis puede sobrevivir a las defensas, sobreviviendo en el interior de los fagocitos, que la transportan a los nódulos linfáticos adyacentes a la zona de la picadura, causando una linfoadenitis severa con una inflamación que avanza a hemorragia y necrosis del ganglio (muerte celular generalizada en el tejido). Por tanto, los «bubones» característicos son en realidad los ganglios linfáticos inflamados y necrosados.

Si la enfermedad avanza, la bacteria pasa de los ganglios infectados a la sangre, causando el cuadro septicémico, normalmente mortal. Un componente de la pared celular bacteriana, el lipopolisacárido, actúa como endotoxina, causando coagulación diseminada en los vasos sanguíneos y, como consecuencia, necrosis isquémica, es decir, muerte celular a causa de la falta de oxígeno en los tejidos. La formación de estos microcoágulos diseminados agota la capacidad de coagulación de la sangre, causando hemorragias generalizadas. Los pacientes frecuentemente tosen o vomitan sangre y sufren hemorragias en la dermis u órganos internos, lo que causa las ronchas rojas o negruzcas en la piel que le dieron a la enfermedad el sobrenombre de peste negra o muerte negra.
Por último, la peste neumónica, también mortal, se produce cuando la bacteria afecta a los pulmones. Puede llegar vía hematógena a consecuencia del cuadro septicémico o puede ser inhalada. En esta fase, la bacteria se disemina en aerosoles y secreciones respiratorias y puede contagiarse entre personas sin intervención del vector, la pulga de la rata. Estarán familiarizados con el «médico de la peste», un personaje típico del carnaval veneciano (aunque la vestimenta la ideó un médico parisino en el siglo XVI) con una máscara en forma de pico de pájaro que pretendía proteger al facultativo de esta vía de contagio. La peste neumónica, que comienza con síntomas gripales poco aparentes, se complica rápidamente con la destrucción masiva del tejido pulmonar y causa la muerte en pocos días.
Si el lector ha tenido estómago para leer este artículo hasta aquí, se preguntará ¿hay peste en el siglo XXI? En efecto, la peste está presente en ciertas áreas de todos los continentes habitados, excepto Oceanía, siendo endémica en algunos países. Las mayores incidencias ocurren en Madagascar, República Democrática del Congo y Perú. Aunque los brotes no son muy numerosos, cada caso es motivo de alerta. El último brote de consideración ocurrió en Madagascar en 2017, con 2417 casos confirmados y 209 fallecimientos.
Claro que esto es anecdótico comparado con lo que ocurrió en el siglo XIV. Hasta entonces, jamás en la historia de la humanidad la población humana había dejado de crecer. Es imposible hacer una estimación precisa de la mortalidad que causó la peste negra. Entre 50 y 200 millones en apenas una década en todo el mundo sucumbieron a la epidemia. Solo en Europa, entre 1347 y 1352 murieron 25-30 millones de personas, casi la mitad de la población. En ciudades portuarias, como Marsella, se diezmó el 60 % de la población. En los reinos de la península ibérica, como en otros reinos europeos, el año 1348 fue el que acusó el pico de mortalidad más severo, siendo el Reino de Navarra el más afectado. El propio rey de Castilla, Alfonso XI, murió víctima de la enfermedad en 1350. La mitad de la población de ciudades como París o Florencia sucumbió. En Europa se tardarían entre 150 y 200 años en recuperar los valores demográficos previos a la crisis.

Recorriendo el mundo
¿Cómo se originó la pandemia de la peste negra de 1348? Se ha trazado un origen de la epidemia en el Sur de Rusia en 1345, de ahí a Crimea en 1346, Constantinopla y Messina (en Sicilia) en 1347, para llegar a todos los principales puertos europeos en 1348. Recientemente se han encontrado evidencias más concluyentes del origen de la peste negra. En un cementerio al pie de los montes Tian Shan, en Kirguistán, los historiadores se dieron cuenta de que la mayoría de las tumbas databan de los años 1338 y 1339 y en algunas de ellas se indicaba que la peste había sido la causa de la muerte.
El análisis de ADN antiguo de piezas dentales de cadáveres exhumados de estas tumbas permitió reconstituir el genoma de Yersinia pestis que en pocos años diezmaría la humanidad. La secuencia confirma que corresponde a los ancestros de las cepas de Y. pestis conocidas y que probablemente la mortífera cepa se generó cerca de allí, donde los roedores silvestres, entre ellos el gerbil (Rhombomys opimus), y sus pulgas actúan como reservorios. Esta evidencia surge de comparar el genoma recuperado de estos cadáveres con cepas aisladas de roedores de la zona en la actualidad, al comprobar su gran nivel de homología.

Genética moldeada por las pandemias
Tras la muerte negra de 1347, la peste regresó a Europa en múltiples ocasiones, de manera más irregular y menos virulenta, hasta desaparecer de la Europa Occidental en el siglo XIX. Se debate sobre si esta introducción desde Asia fue única y la bacteria permaneció en reservorios locales, causando brotes sucesivos a lo largo de los siglos, o bien se volvió a introducir desde Asia por la Ruta de la Seda o vía marítima en múltiples ocasiones. Esta última hipótesis tiene más adeptos. La virulencia de estos brotes, no obstante, no es comparable con la que causó tan enorme mortandad a mediados del siglo XIV, quizás porque la propia enfermedad seleccionó a los más fuertes: la población superviviente. Un reciente estudio señala que este parece ser el caso.
Los investigadores buscaron secuencias génicas relacionadas con la respuesta inmunitaria en 516 restos humanos tomados de enterramientos del Reino Unido y Dinamarca, separando aquellos datados antes de 1348 de los que fallecieron después de la gran epidemia. Estudiando de manera comparativa la variabilidad genética en loci relacionados con la respuesta inmunitaria las cohortes pre y post muerte negra, lograron detectar determinados alelos que se habían seleccionado positivamente durante los años de la peste negra. Su conclusión es que, en efecto, se seleccionó la genética que favorecían la supervivencia.
Uno de los alelos seleccionados era una variante del gen ERAD2, que codifica una proteína implicada en el procesamiento de antígenos bacterianos para su presentación al sistema inmunitario. Los autores prueban que, presente en homocigosis, este alelo reduce la letalidad de Yersinia en sus portadores. Esta es la prueba de que este tipo de calamidades es un motor para la evolución de la especie humana.
Los mismos alelos que se seleccionaron en el siglo XIV ante la presión selectiva que ejercía la infección por Yersinia hoy se asocian con una mayor susceptibilidad a sufrir enfermedades autoinmunes. En definitiva, nuestra genética actual, con sus ventajas y sus inconvenientes, ha sido moldeada por las pandemias del pasado.
Los secretos y falsos mitos de la Peste Negra
La Peste Negra no solo arrasó con la población europea del siglo XIV, también dio lugar a mitos duraderos que la ciencia ha comenzado a desmentir. Sigue leyendo

La Peste Negra fue uno de los episodios más devastadores de la historia de la humanidad. Entre 1347 y 1351, esta enfermedad acabó con una cifra situada entre los 25 y 50 millones de personas, el equivalente a casi un tercio de la población europea de la época. Este colapso poblacional y las terribles imágenes asociadas a la pandemia han dado lugar a una serie de mitos que, hasta hace poco, han sido generalmente aceptados. Sin embargo, gracias a nuevos descubrimientos científicos e investigaciones históricas, se están desmontando algunas de estas creencias populares.
¿La Peste Negra fue causada exclusivamente por la bacteria Yersinia pestis?
Durante décadas, los historiadores y científicos asumieron que la única causa de la Peste Negra fue la bacteria Yersinia pestis, transmitida a través de las pulgas de las ratas negras. Este ha sido el relato tradicional sostenido desde que Alexandre Yersin identificó la bacteria en 1894. Sin embargo, investigaciones más recientes sugieren que la Peste Negra pudo haber sido una pandemia mucho más compleja de lo que se creía. Estudios genéticos han confirmado que, en efecto, Yersinia pestis estaba presente en la Europa medieval, pero algunos investigadores plantean que no fue el único patógeno involucrado. En 2018, un equipo de investigadores encontró evidencia de otras infecciones bacterianas y virales coexistiendo con la peste, como la fiebre hemorrágica, lo que pudo haber agravado la situación.

Además, algunos estudios sugieren que la forma en la que se propagó la enfermedad no concuerda completamente con lo que se esperaría de una peste bubónica clásica transmitida solo por pulgas de ratas. En lugar de propagarse gradualmente, la enfermedad avanzaba a una velocidad alarmante. De hecho, se ha propuesto que la peste pudo propagarse también como peste neumónica, una forma en la que la bacteria infecta los pulmones y se transmite a través del aire, resultando más rápida y letal.

¿Sólo las ratas transmitieron la peste?
Una imagen muy ligada a la peste es la de cientos de ratas propagando la enfermedad por toda Europa. Sin embargo, este mito ha sido cuestionado en los últimos años. Si bien las ratas desempeñaron un papel en la transmisión de la enfermedad a los humanos, estudios recientes indican que fueron menos decisivas de lo que se pensaba.
El problema de esta narrativa es que no se ha encontrado evidencia concluyente de un aumento masivo en la población de ratas durante los brotes de peste. De hecho, en algunas zonas donde la peste devastó comunidades, la población de ratas era relativamente baja. Un estudio publicado en 2018 en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences sugiere que la principal vía de transmisión pudo haber sido a través de humanos infestados con pulgas y piojos en lugar de las ratas. Este hallazgo ha cambiado significativamente la percepción de cómo se propagaba la enfermedad y quiénes eran los verdaderos culpables.

¿La Europa medieval era un lugar sucio y sin higiene?
Aunque es cierto que las condiciones sanitarias no eran ideales comparadas con los estándares modernos, esta percepción es una simplificación. La historia ha exagerado la idea de que los europeos medievales vivían en la inmundicia. En realidad, había una considerable preocupación por la limpieza en muchas ciudades medievales. Por ejemplo, en ciudades como París y Londres, las autoridades municipales implementaban regulaciones para la eliminación de desechos y excrementos y muchas personas se lavaban con frecuencia. De hecho, en 1346, un año antes del brote, el consejo de la ciudad de Londres había aprobado una ordenanza para limpiar las calles semanalmente.
Además, algunas investigaciones sugieren que la peste no se propagó simplemente debido a la suciedad o falta de higiene, sino debido a las estructuras sociales y la concentración de personas en espacios cerrados, lo que facilitaba la transmisión de enfermedades. El hacinamiento y las pobres condiciones de vida en muchas ciudades medievales eran los verdaderos factores detrás de la rápida diseminación de la enfermedad más que la falta de higiene personal.
El mito de los médicos medievales
Aunque la figura del médico de la peste es popularmente asociada con la Peste Negra, su vestimenta característica, incluida la máscara con pico, fue en realidad un desarrollo posterior, utilizado más comúnmente en brotes posteriores como el de 1656 en Italia. Esta figura se ha utilizado para representar la supuesta ignorancia de la medicina medieval frente a una enfermedad que no podían comprender completamente, pero lo cierto es que no eran tan ineficaces o ignorantes como a menudo se cree.
Los médicos medievales, aunque limitados por el conocimiento de su tiempo, empleaban una variedad de tratamientos para intentar curar a los enfermos. A pesar de que algunas de estas terapias resultaban ineficaces (como el sangrado o las sangrías), otras, como el uso de hierbas, fumigaciones y cuarentenas, mostraron cierto grado de efectividad. La famosa máscara con pico de los médicos de la peste no era una moda extraña, tenía un propósito práctico: se llenaba con hierbas aromáticas para filtrar el aire y protegerse de los miasmas o malos olores, que entonces se creía causaban enfermedades.

Un hecho curioso es que las ciudades italianas, como Venecia, fueron pioneras en el establecimiento de hospitales de cuarentena. El término "cuarentena" proviene de la práctica veneciana de aislar a los barcos durante 40 días para evitar que trajeran la peste. Aunque los médicos no tenían una comprensión completa del contagio, las medidas preventivas, como la cuarentena, se basaban en la observación empírica y contribuyeron a reducir la propagación.
Un error común es creer que la Peste Negra fue un evento aislado de la Edad Media que, una vez terminado, no volvió a afectar a la humanidad. En realidad, la peste continuó resurgiendo en Europa durante siglos. Brotes recurrentes ocurrieron hasta el siglo XVIII. El último gran brote de peste en Europa ocurrió en Marsella (Francia) en 1720 y continuaron ocurriendo brotes esporádicos hasta bien entrado el siglo XIX.
Incluso hoy en día, la peste no ha desaparecido completamente. Aunque es mucho menos frecuente y más manejable gracias a los antibióticos, la bacteria Yersinia pestis todavía existe en la naturaleza y puede causar infecciones en humanos. En los Estados Unidos, por ejemplo, se registran casos de peste anualmente, principalmente en el suroeste. Afortunadamente, estos casos son tratados rápidamente y no llegan a convertirse en brotes significativos.

El mito de la Peste Negra como causante del fin del feudalismo
Uno de los mitos más extendidos es que la Peste Negra fue la causa directa del colapso del feudalismo en Europa. La idea es que la muerte de tantos campesinos creó una escasez de mano de obra, lo que permitió a los supervivientes negociar mejores condiciones laborales y salarios socavando la estructura del feudalismo.
Aunque la peste ciertamente tuvo un impacto en la economía y la estructura social, el colapso del feudalismo fue un proceso mucho más complejo. Si bien algunas áreas vieron un aumento en los salarios y una mayor movilidad social, en otras regiones los terratenientes respondieron con mayor represión imponiendo leyes laborales más estrictas para controlar a los campesinos. El feudalismo ya estaba en declive antes de la Peste Negra y su colapso final se debió a una combinación de factores económicos, políticos y sociales que iban más allá de la pandemia.
¿Sabías que las famosas máscaras picudas de la peste no existían en la Edad Media ni durante la peste negra?
Las famosas máscaras puntiagudas de la peste no son medievales, sino un invento renacentista que nos cuenta más sobre las creencias de la época que sobre su efectividad médica. Sigue leyendo

Cuando pensamos en la peste negra que asoló Europa en el siglo XIV, la imagen de médicos con sombreros de ala ancha y máscaras con picos largos llenos de hierbas aromáticas nos viene a la mente casi de inmediato. Sin embargo, este símbolo sombrío no pertenece a la Edad Media. Lejos de ser una invención medieval, estas máscaras icónicas aparecieron varios siglos después, en el contexto de nuevas epidemias y teorías médicas emergentes.
Un símbolo del siglo XVII, no medieval
El origen del traje del "doctor de la peste", incluido su llamativo y aterrador rostro con pico, se encuentra en el siglo XVII, en plena época de la peste bubónica. Fue diseñado por el médico francés Charles de Lorme en 1619. Este atuendo consistía en un abrigo largo cubierto de cera, guantes y botas de cuero, un sombrero de ala ancha, y, por supuesto, la máscara puntiaguda que servía para proteger al usuario del "miasma". Este concepto, predominante en la medicina de la época, postulaba que los malos olores transmitían enfermedades.
Aunque estas máscaras llegaron a ser utilizadas en varias partes de Europa, su asociación más famosa es con Italia, donde se convirtieron en un símbolo cultural, representado en la commedia dell’arte y hasta en los carnavales venecianos.

¿Qué había dentro del pico?
El diseño de la máscara no era un mero capricho estético. Según De Lorme, el pico de aproximadamente 15 centímetros se rellenaba con una mezcla de hierbas y especias como lavanda, menta, vinagre esponjoso y hasta carne de víbora en polvo. Estas sustancias se pensaban capaces de filtrar los vapores malignos y purificar el aire antes de que el médico lo inhalara.
Aunque esto no protegía contra la peste, tenía un efecto tranquilizador tanto para los médicos como para los pacientes. Estudios recientes han destacado el impacto psicológico de estas máscaras en un tiempo donde la enfermedad y la muerte eran omnipresentes.
La peste y las teorías médicas de la época
La idea de que el aire corrupto transmitía enfermedades venía de la teoría del miasma, un paradigma médico que dominó Europa hasta la llegada de la teoría microbiana en el siglo XIX. Según esta creencia, los olores fétidos, como los de cadáveres en descomposición o aguas estancadas, eran el principal vehículo de transmisión de enfermedades. Los médicos medievales recomendaban incienso, quemaban hierbas aromáticas y usaban perfumes para combatir estos malos olores.
Sin embargo, durante la Edad Media, las prácticas médicas eran menos "sofisticadas" que en el Renacimiento. Los médicos medievales no usaban máscaras especializadas. Su atuendo solía limitarse a túnicas simples y talismanes, confiando en plegarias y remedios rudimentarios para combatir la peste.

La confusión histórica tiene raíces profundas. Durante el siglo XIX, en plena efervescencia del movimiento romántico, surgió un renovado interés por la Edad Media, idealizada como un periodo oscuro y misterioso. Fue entonces cuando ilustradores y escritores comenzaron a mezclar elementos históricos de diferentes épocas, consolidando la idea errónea de que las máscaras picudas eran un invento medieval. La popularidad de la peste negra en la cultura popular, especialmente en literatura y arte, reforzó esta percepción inexacta.
Además, el uso continuo de la figura del doctor de la peste en carnavales y medios visuales ha perpetuado el mito, llevándolo incluso al cine y la televisión como un símbolo de lo macabro y lo desconocido.
¿Por qué las máscaras no eran realmente útiles?
Aunque el diseño del traje del doctor de la peste tenía un propósito lógico según las teorías de la época, investigaciones modernas han demostrado que no ofrecía ninguna protección real contra Yersinia pestis, la bacteria que causa la peste. La transmisión de la enfermedad, principalmente a través de pulgas infectadas y contacto con fluidos contaminados, no podía ser bloqueada por los elementos de la máscara. La falta de comprensión de los agentes patógenos y su transmisión impidió que estas medidas fueran efectivas.
Sin embargo, el traje sí tenía un efecto psicológico importante, proporcionando a los médicos una sensación de seguridad y autoridad frente a una situación aterradora. En muchos casos, también funcionaba como un recordatorio visual de que la peste estaba presente, incentivando medidas como el aislamiento y la cuarentena. Tal y como se menciona en el estudio History of PPE: Special Reference to Beaked Masks During the Black Death and Its Aftermath.
Este descubrimiento subraya cómo las creencias médicas de la época influyeron en el diseño del equipo de protección, aunque los resultados fueran más simbólicos que prácticos. En un artículo de The New England Journal of Medicine, también se menciona que estas máscaras también marcaban la distancia física entre el médico y el paciente, reforzando la percepción de seguridad sin ofrecer una protección real.
Hoy en día, la imagen del médico con máscara picuda sigue siendo un poderoso símbolo cultural. Aparece en disfraces, obras de arte y hasta como inspiración en el diseño de personajes de videojuegos y películas. Sin embargo, su historia real es menos conocida.
Entender la verdadera cronología y función de estas máscaras nos ayuda a desenredar los mitos que a menudo oscurecen nuestro conocimiento del pasado. Además, nos invita a reflexionar sobre cómo la humanidad ha intentado, una y otra vez, encontrar soluciones frente a enfermedades devastadoras, incluso cuando las herramientas científicas aún eran limitadas.
Referencias:
- Puteh Noraihan A Rahman, and Alexander Kam, and Arina Azmi, and Zasra, Radias (2022) History of PPE : special reference to beaked masks during the black death and its aftermath. AKADEMIKA, 92 (1). pp. 137-150. ISSN 0126-5008
- Earnest M. On Becoming a Plague Doctor. N Engl J Med. 2020;383(10):e64. doi:10.1056/NEJMp2011418
- Conti AA. Protective face masks through centuries, from XVII century plague doctors to current health care professionals managing the COVID-19 pandemic. Acta Biomed. 2020;91(4):e2020124. Published 2020 Jul 16. doi:10.23750/abm.v91i4.10231
- Ruisinger MM. Die Pestarztmaske im Deutschen Medizinhistorischen Museum Ingolstadt [The "Plague Doctor's Mask" in the German Museum for the History of Medicine, Ingolstadt]. NTM. 2020;28(2):235-252. doi:10.1007/s00048-020-00255-7
Máscaras siniestras contra la peste bubónica
Natgeo

Los trajes y máscaras que usaban no eran efectivos para proteger a los médicos de la peste. Actualmente es un disfraz muy popular en carnaval.
Desde hace cientos de años una enfermedad ha mantenido en jaque al ser humano. La peste negra ha sido una de las plagas más letales de la historia de la humanidad. Esta terrible pandemia, causada por la bacteria Yersinia pestis, asoló diversas zonas del planeta a lo largo de varias oleadas durante siglos. La peste de Justiniano, en 561 d.C., mató a unas 10.000 personas al día, pero una de las más famosas y mortíferas fue, sin duda alguna, la epidemia de peste que asoló Europa en el siglo XIV y que acabó con la vida de millones de personas. En el siglo XVII, la peste también causó estragos en brotes recurrentes de la enfermedad que fueron letales en el viejo continente, y continuó con brotes intermitentes hasta 1879.
Un "disfraz" sorprendente
Las víctimas de la peste sufrían una hinchazón dolorosa de los nódulos linfáticos, ennegrecimiento de la piel y, al final, una muerte agónica. No existía cura y los médicos de la época sólo podían prescribir lo que ellos consideraban brebajes protectores y antídotos. Estos personajes también registraban testamentos y realizaban autopsias. Pero los "médicos de la peste" del siglo XVII no trataban a los enfermos sin ningún tipo de protección, sino que llevaban un atuendo que hoy podemos considerar sorprendente: iban tapados de pies a cabeza con una larga túnica y llevaban una máscara picuda.
Los "médicos de la peste" del siglo XVII iban tapados de pies a cabeza con una larga túnica y llevaban una máscara picuda.
Esta indumentaria se atribuye a Charles de Lorme, que fue médico personal de muchos miembros de la realeza europea del siglo XVII, como el rey Luis XIII de Francia y Gastón de Orleans, hijo de la reina María de Médicis. Lorme describe un atuendo que incluye un abrigo revestido de ceras aromáticas, unos calzones dentro de las botas, una camisa metida dentro del pantalón, y sombrero y guantes de piel de cabra. Los médicos también llevaban una vara para no tocar a las víctimas con las manos. El "sombrero" incluía anteojos y una máscara con una nariz de 15 centímetros en forma de pico, según de Lorme, "llena de perfume y con dos agujeros, uno a cada lado de las fosas nasales, suficiente para respirar y transportar en el aire que se respira la impresión de las hierbas colocadas en la punta del pico".
¿Servía para algo la máscara?
El objetivo de este singular atuendo era proteger al médico de los "miasmas" que causaban la enfermedad, que en la época se pensaba que se propagaban por el aire envenenado y que podían causar desequilibrio en los "humores" o fluidos de las personas. Para evitar estos "miasmas", los facultativos de la época llenaban estas máscaras con triaca, una elaboración de más de 55 hierbas, polvo de víbora, canela, mirra y miel. De Lorme afirmaba que la forma picuda de la máscara daría al aire el tiempo suficiente para impregnarse de esta solución protectora antes de llegar a las fosas nasales del médico, que así no respiraría aire contaminado.
Los facultativos de la época llenaban estas máscaras con triaca, una elaboración de más de 55 hierbas, polvo de víbora, canela, mirra y miel.
En realidad, estos trajes y máscaras no eran efectivos para proteger a los galenos (aunque sí contribuían a que fuesen reconocidos a simple vista por todos), y sus métodos tampoco salvaban muchas vidas. Pero la imagen de estos personajes ha pasado a la historia, y su aspecto ha sido tan emblemático que, por ejemplo, en Italia, el "médico de la peste" se convirtió en un personaje fundamental en la commedia dell'arte, en las festividades de carnaval y aún es un disfraz muy popular en la actualidad.
Científicos reconstruyen el impacto ecológico de la Peste Negra y descubren algo sorprendente
Durante siglos se ha pensado que la gran mortandad del siglo XIV permitió que la naturaleza recuperara terreno, pero un nuevo análisis científico revela un resultado inesperado: cuando los humanos desaparecieron del paisaje, también lo hizo parte de la biodiversidad. Sigue leyendo

Entre 1347 y 1353 Europa vivió uno de los episodios más devastadores de su historia. La Peste Negra, causada por la bacteria Yersinia pestis, arrasó ciudades, vació aldeas y provocó una mortalidad sin precedentes. Los historiadores estiman que entre un tercio y la mitad de la población europea murió en apenas unos años. En muchas regiones la muerte fue tan masiva que los campos quedaron sin cultivar, las granjas fueron abandonadas y extensas áreas agrícolas comenzaron a ser reconquistadas por el bosque.
Durante mucho tiempo, esta transformación del paisaje se ha interpretado como una especie de experimento histórico de “renaturalización” a gran escala. Si la actividad humana suele reducir la biodiversidad —como demuestran numerosos estudios sobre la agricultura industrial moderna—, parecería lógico pensar que la retirada abrupta de millones de personas habría permitido a la naturaleza florecer.
Sin embargo, un nuevo estudio publicado en la revista científica Ecology Letters sugiere que la realidad fue bastante más compleja. Tal y como ha revelado la investigación liderada por el equipo del Leverhulme Centre for Anthropocene Biodiversity de la Universidad de York, la biodiversidad vegetal europea no aumentó tras la pandemia medieval. De hecho, ocurrió exactamente lo contrario.
Durante aproximadamente siglo y medio después de la gran epidemia, la diversidad de plantas en gran parte del continente se redujo de forma notable.
El archivo oculto del polen antiguo
Para reconstruir la evolución de los ecosistemas europeos a lo largo de los siglos, los científicos recurrieron a una fuente de información sorprendente: el polen fosilizado.
Los granos de polen liberados por las plantas quedan atrapados durante milenios en sedimentos acumulados en lagos, turberas y humedales. Cada capa conserva una especie de registro microscópico de la vegetación que existía en una época concreta. Analizando estas partículas con técnicas modernas de paleoecología, los investigadores pueden reconstruir cómo cambiaron los paisajes vegetales a lo largo del tiempo.
El equipo científico examinó más de un centenar de registros de polen procedentes de distintos puntos de Europa. Esta base de datos permitió seguir la evolución de la diversidad vegetal desde la Antigüedad hasta varios siglos después de la Peste Negra.
Los resultados dibujan una historia sorprendente. Entre aproximadamente el año 0 y comienzos del siglo XIV, la diversidad vegetal en Europa había aumentado progresivamente. El crecimiento demográfico, la expansión agrícola y la transformación del paisaje durante el Imperio romano y la Edad Media habían creado entornos extraordinariamente variados. Pero todo cambió a mediados del siglo XIV.

Cuando los campos se abandonaron
La pandemia alteró radicalmente la organización del territorio europeo. En algunas ciudades la mortalidad alcanzó niveles cercanos al 80%, mientras que en el mundo rural la escasez de mano de obra provocó el abandono de extensas superficies cultivadas.
Los campos se cubrieron de maleza, los prados dejaron de ser pastoreados y las zonas agrícolas comenzaron a ser colonizadas por matorrales y bosques jóvenes. A primera vista, este proceso podría interpretarse como una victoria de la naturaleza.
Sin embargo, tal y como indica el nuevo estudio, la desaparición de la actividad humana eliminó algo que había sido clave para la biodiversidad europea durante siglos: el paisaje en mosaico.
Durante gran parte de la historia europea, la agricultura no consistía en grandes monocultivos uniformes como los actuales. Los paisajes rurales estaban formados por una mezcla compleja de campos cultivados, prados de pastoreo, bosques, setos, zonas húmedas y parcelas abandonadas temporalmente. Este mosaico creaba una enorme variedad de microhábitats donde podían prosperar numerosas especies de plantas.
Cuando la población colapsó tras la Peste Negra, ese entramado heterogéneo desapareció en muchas regiones. Sin agricultores ni ganaderos que mantuvieran abiertos los prados o despejaran el bosque, grandes extensiones del territorio se volvieron más homogéneas. Y esa homogeneización redujo las oportunidades para muchas especies vegetales.
Una caída de biodiversidad durante 150 años
Los datos del polen muestran que la diversidad vegetal comenzó a descender de manera clara tras el impacto de la peste. Durante aproximadamente 150 años, numerosos paisajes europeos experimentaron una pérdida significativa de especies vegetales. Las regiones donde el abandono agrícola fue más intenso registraron las caídas más acusadas.
Solo cuando las poblaciones humanas comenzaron a recuperarse y la actividad agrícola volvió a expandirse lentamente se invirtió la tendencia. Este proceso, según sugiere la investigación, fue extremadamente lento. En algunas zonas, la biodiversidad tardó cerca de tres siglos en regresar a niveles similares a los anteriores a la pandemia.
Este hallazgo cuestiona una idea muy extendida en el debate ambiental contemporáneo: que los ecosistemas más ricos son necesariamente aquellos menos afectados por la actividad humana.

Humanos y naturaleza: una relación más compleja
El estudio aporta una perspectiva histórica que complica la narrativa simple de que la presencia humana siempre es perjudicial para la naturaleza.
Tal y como ha adelantado el equipo investigador, muchos ecosistemas europeos actuales son el resultado de interacciones prolongadas entre las sociedades humanas y el entorno natural. Durante milenios, las prácticas agrícolas tradicionales —especialmente las de baja intensidad— han creado hábitats que favorecen la coexistencia de numerosas especies.
Ejemplos de estos paisajes culturales pueden encontrarse todavía hoy en distintas regiones del continente. Las dehesas de la península ibérica, los pastos alpinos o ciertos sistemas agrícolas tradicionales del centro de Europa son espacios donde la actividad humana y la biodiversidad han convivido durante siglos.
En estos entornos, la presencia de cultivos, pastoreo moderado, arbolado disperso y zonas húmedas genera un mosaico ecológico extraordinariamente diverso. Cuando este tipo de paisajes desaparece —ya sea por abandono total o por agricultura industrial intensiva— muchas especies pierden sus hábitats.
Lecciones inesperadas para la conservación
Las conclusiones del estudio tienen implicaciones relevantes para el debate actual sobre la conservación de la naturaleza. Y es que en las últimas décadas ha ganado fuerza el movimiento conocido como renaturalización, que propone retirar la actividad humana de ciertos territorios para permitir que los ecosistemas se recuperen de forma natural. Pero la investigación sobre la Peste Negra sugiere que, al menos en Europa, la relación entre biodiversidad y actividad humana es más compleja de lo que a menudo se asume.
La retirada completa de las personas de determinados paisajes podría reducir la diversidad biológica si desaparecen los procesos que históricamente la han favorecido. Esto no significa que toda intervención humana sea positiva. La agricultura industrial moderna, basada en monocultivos extensivos y uso intensivo de químicos, ha provocado pérdidas masivas de biodiversidad en todo el planeta.
Sin embargo, los resultados del estudio apuntan a que las prácticas agrícolas tradicionales de baja intensidad pueden desempeñar un papel importante en la conservación de ecosistemas diversos.

Un paisaje compartido
Este análisis ofrece así una lección inesperada sobre la historia de la naturaleza europea. Lejos de representar un mundo salvaje intacto, muchos de los paisajes que hoy consideramos naturales son en realidad el resultado de miles de años de interacción entre sociedades humanas y ecosistemas.
Los bosques, praderas y campos que caracterizan gran parte del continente son, en muchos casos, paisajes culturales moldeados por generaciones de agricultores, pastores y comunidades rurales.
La pandemia medieval provocó una interrupción abrupta de ese equilibrio histórico. Y durante décadas, la naturaleza no prosperó necesariamente en ausencia de las personas.
En ocasiones, la biodiversidad depende precisamente de esa relación compleja y prolongada entre humanidad y entorno.
Referencias
- Jonathan D. Gordon et al, Black Death Land Abandonment Drove European Diversity Losses, Ecology Letters (2026). DOI: 10.1111/ele.70325
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